El Che de Santa Clara
Regresó a Santa Clara con su adarga al brazo aquel octubre de 1997, para reencontrarse con el pueblo que lo acompañó bajo las balas del triunfo definitivo y rebelde.
Encontró aquí, en su Plaza, no un monumento frío de mármoles y bronce, sino el sitio sagrado donde sus guerrilleros huesos guían los destinos de esta ciudad, orgullosa de tenerlo.
Vino para quedarse, 30 años después de que esbirros al servicio extranjero intentaran ocultarlo bajo tierra, cuando el Comandante Ramiro, su amigo de armas y de fe, no claudicó ante amenazas de aquellos que seguían y siguen temiendole aún muerto.
Y aquí, en el centro de la Isla, a 59 años de su caída en combate, cuando solo, desarmado y herido un puñado de cobardes quiso silenciarlo y, sin embargo, lo hicieron mito y leyenda, el Che es, ante todo, presencia.
En esta tierra, es, tal vez, ese halo místico que lo trajo de vuelta desde Vallegrande el que lo mantiene vigilante, mirando al sur o cargando en sus brazos el futuro de una América que lo sabe de memoria y en donde, sin embargo, lo que el Che dejó sin hacer, sin hacer esta todavía.
Aquí está, en murales y plazas, en altares y escuelas, en el juramento de los nuevos pioneros, en la solemnidad de aquellos que han jurado seguir su ejemplo, en una universidad que llamó a pintarse de negro y de mulato, en un pueblo que no se rinde, que no claudica, que no ceja en el empeño de levantarse cada día, como David frente a Goliat, por muy duros que sean los tiempos.



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