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En la manigua, la promesa de libertad

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El 24 de febrero de 1895 los cubanos empuñaron otra vez el machete y volvieron a la manigua, porque la libertad sin independencia plasmada en el Zanjón nunca fue la respuesta.

Guiado por Gómez y Martí, el Ejército Libertador enarboló una vez más la bandera de la estrella solitaria, la mambisa, la rebelde, la irredenta, esa que, a lo largo de la historia, juraría no ser jamás mercenaria.

Ya habían caído muchos hombres valiosos en el campo de batalla y la mezcla de veteranos de la gloriosa contienda de los 10 años unidos a los más jóvenes mambises, ahora, protagonizarían junto a Maceo la invasión de Oriente a Occidente, la batalla de Mal Tiempo, resistirían la masacre de la reconcentración de Weyler, y no se rendirían ante un ejército colonial superior en armas y soldados, pero nunca más valiente que un puñado de cubanos que soñaba hacía décadas con una Patria libre.

Hace 131 años, aquel 24 de febrero, Cuba volvió a las armas como el único camino posible para un futuro de paz, igualdad y soberanía, un triunfo que llegaría más de cinco décadas después, cuando otro Ejército de jóvenes rebeldes, esta vez, sí entró victorioso en Santiago.

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