Marlon Herrera dio un ippon de oro que mandó al cielo
Tomado de Granma /
Apenas nueve segundos. Fue lo que necesitó Marlon Herrera para convertir una final de Juegos Centroamericanos y del Caribe en un monólogo de técnica. Quien parpadeó en el tatami del Pabellón de Judo no lo vio ganar.
El joven holguinero conquistó la presea dorada de los 73 kilogramos y firmó una de las actuaciones más vertiginosas de toda la cita regional. Mientras el calor sofocante de Santo Domingo agotaba a otros competidores, él salió del tapiz sin apenas una gota de sudor, con la serenidad de quien ha cumplido una misión sagrada.
Sin embargo, al bajar del área de combate, el rostro del campeón no reflejó solo la euforia del triunfo técnico. Había una mezcla de alivio y una tristeza dulce, una que solo se explica cuando el éxito se comparte con alguien que ya no está físicamente para aplaudir.
«Esta medalla tenía un destino claro desde que subí al avión, se la dedico primero a mi abuelita, que está fallecida. También a mi mamá, a mi papá y a toda mi familia que me ha seguido desde Holguín. Yo vine aquí a buscar este oro para ellos y para todo el pueblo cubano», confesó Herrera en la zona mixta, con la voz entrecortada por la emoción.
El éxito no fue producto del azar, sino de una simbiosis perfecta entre la preparación física y una estrategia trazada al milímetro por su cuerpo de entrenadores.
«Salí a buscar la pierna, fue la indicación exacta: empezar con el ataque a la extremidad y luego transitar a mi técnica de hombro. Lo habíamos ensayado durante el calentamiento y salió tal cual lo planeamos», detalló. La fructífera preparación previa en territorio dominicano fue vital en la aclimatación al rigor del clima, permitiéndole llegar a la fase decisiva con la frescura para ejecutar su plan de combate sin titubeos.
La trayectoria de Herrera es el fruto de una voluntad a prueba de fuego. Hace más de una década, en el aula de la escuela Ateneo Fernando de Dios en su natal Holguín, un captador de talentos le propuso iniciarse en el judo. En aquel entonces su madre no estaba convencida de que el deporte fuera el camino, pero unos entrenadores visionarios –Sixto Beltrán y Armando Verdecia– insistieron, incluso cuando el pequeño Marlon prefería escaparse a jugar al fútbol.
Ese niño hoy es la principal figura de la exigente división de los 73 kilogramos en Cuba, tras un ascenso no exento de golpes duros: «Perder eliminatorias dentro de la selección o quedarme fuera del podio en eventos como los Panamericanos de Santiago de Chile fueron lecciones dolorosas, pero necesarias para crecer», reconoce con la madurez de entender que el tatami no perdona el exceso de confianza.
En Santo Domingo Marlon no se siente solo. Dentro del equipo, figuras de clase mundial como Iván Silva y Andy Granda actúan como tutores y hermanos mayores. «Nos ayudamos mucho, tanto sicológica como físicamente. Somos una familia, convivimos prácticamente más tiempo entre nosotros que en nuestras propias casas», recalca.
Esa cohesión grupal ha sido el blindaje ante la presión de una cita multideportiva donde, admite, llegó con la certeza de que el metal dorado era el único resultado que colmaría sus expectativas.
Para el joven holguinero este oro es apenas el banderazo de salida. Con la mirada puesta en el ciclo olímpico que culmina en Los Ángeles-2028, Marlon Herrera sabe que su carrera recién despega. «Este es solo el inicio de una gran ruta», afirma.
El mensaje que deja para los niños de su provincia natal sigue siendo el de aquel chico que aprendió a luchar en el aula: «Entrenen fuerte, sacrifíquense y nunca dejen que los pensamientos negativos los detengan. Lo más importante es creer en uno mismo».
Ese que buscaba sueños en el suelo de una escuela ya no cree solo en sí mismo; hoy, todo un pueblo celebra la fe que el campeón puso en su propia historia.



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