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Los príncipes enanos hacen esta fiesta (+ Fotos)

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✍🏻Roxana Soto del Sol/ ACN

📸 cortesía de los entrevistados

Hoy en Santa Clara ellos se adueñan de esta fría mañana del 28 de enero, en un perfecto contraste entre uniformes impecables y la encarnación de personajes emblemáticos de la obra martiana.

Los príncipes enanos, como los bautizara el poeta desde el verso para su Ismaelillo, desfilan no por mandato, sino por ofrenda. Con emoción contenida en un paso marcial, celebran el cumpleaños 173 de José Martí, y su regalo no cabe en empaques, es la promesa de convertirse, ellos mismos, en los hombres y mujeres que el Apóstol soñó para América.

“Para los niños trabajamos”, escribió, “porque los niños son los que saben querer, porque los niños son la esperanza del mundo”; en sus voces tiernas y aspiraciones vastas, esa esperanza nombra su propio futuro.

“Porque es necesario que los niños no vean, no toquen, no piensen en nada que no sepan explicar”, advirtió el Maestro, y ellos, sus herederos, lo toman al pie de la letra. No hablan de sueños difusos, sino de proyectos con la precisión de quien ya ha pensado en los detalles.

Adria, de quinto grado, aspira a ser arqueóloga para “saber sobre las otras culturas y tradiciones, recolectar los objetos y restos de su pasado y conocer su significado”. Su sueño es un eco directo del encargo martiano de que el niño americano sepa “cómo se vivía antes, y se vive hoy”. Ella no solo quiere ver una piedra de color, quiere descifrar su historia.

0128-principes-enanos-adria-y-diego Los príncipes enanos hacen esta fiesta (+ Fotos)
Adria y Diego.

El desfile en Santa Clara es una galería viva de los oficios nobles que Martí exaltó. Diego, de siete años, quiere ser mecánico como su tío Javi, que “arregla muchas cosas siempre”. Es la magia verdadera de los talleres, aquella que el Apóstol prometió contarles, hecha carne en el juego de un niño con sus carritos.

David, de ocho, sueña con crear videojuegos, fascinado por la tecnología, ese “puente colgante” y esa “máquina moderna” que Martí quería que comprendieran.

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David, Déborah, Fatima y Thiago.

Fátima, de siete, ve a su padre marchar y se imagina con el uniforme verde olivo, mientras Thiago, de nueve, ya se escucha a sí mismo dando conciertos como pianista. “Las niñas deben saber lo mismo que los niños, para poder hablar con ellos como amigos cuando vayan creciendo”, dijo el Apóstol.

Hoy Déborah aspira al mundo del espectáculo y Amelia a ser veterinaria, porque “me encantan los animales y no les tengo miedo”, un sentimiento que hubiera alegrado al hombre que en Nueva York pensaba “en las pobres bestias”.

 

0128-principes-enanos-amelia Los príncipes enanos hacen esta fiesta (+ Fotos)
Amelia.

Entre ellos, con sus cuatro años, Belén da quizás las respuestas más profundas y sencillas: ¿Qué quieres ser cuando seas grande? “Mamá”, dice. ¿Y eso por qué? “Para tener muchos hijos. Y cuidarlos”. En su ternura, resume el ideal martiano de que “el niño nace para caballero, y la niña nace para madre”, en un ciclo de amor y protección que asegura el futuro.

Al preguntárles por Martí, sus respuestas no son lecciones memorizadas, sino retratos íntimos. Para Adria, es “honesto, gentil, trataba a todos por igual”. Para Diego, es el autor de Bebé y el Señor Don Pomposo, el Héroe Nacional. Para Ricardo Abel, un “jinete”, dice mientras se ríe, pero también lo recuerda como el autor de Abdala, y de “tiene el leopardo un abrigo…, que dice mi mamá que el nombre es Versos Sencillos, pero ya yo lo sabía”.

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Belén y Ricardo Abel.

Ellos no ven un mármol lejano, sino al amigo que les escribió cuentos. “Lo que queremos es que los niños sean felices”, anheló el autor de La Edad de Oro. En sus rostros, mientras desfilan, esa felicidad se mezcla con la seriedad del propósito.

Por eso esta parada no es un simple acto, es el juramento de una generación que ha entendido que “el niño, desde que puede pensar, debe pensar en todo lo que ve”. Ellos piensan en culturas pasadas, en máquinas por inventar, en animales por cuidar, en canciones por componer, en una patria por servir. Son “hombres que dicen lo que piensan” desde la franqueza de sus cuatro, siete, ocho, diez años.

Al terminar el desfile, con la plaza aún resonando por su algarabía, queda la certeza de que el cultivo, como pedía Martí, se hace conforme al suelo. Estos niños de Santa Clara, de Cuba, están siendo criados “para hombres de su tiempo, y para hombres de América”.

Su fiesta de cumpleaños para el Apóstol es, en realidad, la siembra de su propio porvenir. Los príncipes enanos, con sus sueños de arqueólogos, mecánicos, artistas, madres y soldados, son hoy la corona viva del poeta. Ellos, con su andar firme y sus voces claras, hacen esta fiesta. Y en ella le devuelven a Martí su regalo más preciado: la seguridad de que la esperanza del mundo está, más que a salvo, en marcha.

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