miércoles, 28 julio 2021

Yo en primera persona

Respetar las normas básicas de educación formal debe ser una constante en nuestra sociedad.

Respetar las normas básicas de educación formal debe ser una constante en nuestra sociedad.

He pensado este comentario varias veces en diferentes lugares y disímiles situaciones. Viajando en una guagua hacia la universidad o esperando una cola, sin distinción, puede ser lo mismo de la carne de puerco que en un turno médico y siempre recaigo sobre la misma idea central cuán difícil es ponerse en el lugar del otro.

Parecemos autómatas o peor, caemos en un limbo complejo de romper, un “me hago el tonto hasta ver qué pasa” y esta realidad no es exclusiva de una sola generación.

Me refiero al yo por encima de todo, al joven que pierde la mirada ventanilla afuera o encierra su mundo bajo audífonos para no ver quien pasa por delante del asiento en una guagua, o la mujer que decide no llevar el bolso a otro porque “bastante he estado de pie sin que me cedan el puesto”. Al compañero de trabajo que pierde la delicadeza de dejar pasar primero a la fémina o los que tratan de resolver en cualquier establecimiento público sin respetar la cola.

Pasa a diario y a veces es tan usual que se vuelve cotidiano. Parece proliferar en los más jóvenes, pero los adultos tampoco escapan a este mal. Así las normas más básicas de educación formal van quedando relegadas como si fueran algo pasado de moda y no una máxima del comportamiento social.

¿Dónde quedan principios básicos como ofrecer el asiento a una embarazada o a un adulto mayor? ¿atender con prioridad según el número de llegada y no por amiguismo o por algún incentivo previo? ¿respetar los lugares públicos y el espacio del otro? ¿por qué escuchar música excesivamente alta y molestar al vecino? ¿cuántas veces pasan por el lado carros estatales sin detenerse a recoger a quienes se encuentran en paradas o puntos de recogida con la justificación de ir “hasta allá adelante” y el adelante no tiene fin?

El problema es que la cadena nunca tiene termina si hacemos pagar a unos los que nos hizo otro. Si por una experiencia negativa actuamos siempre contrariados y sin mirar hacia los lados, por placer propio importunamos a los que nos rodean o simplemente me hago indiferente a lo que sucede con los demás en la cotidianeidad. Como pronombre personal yo se clasifica como singular en primera persona, pero sin dudas en sociedad es mejor conjugar en plural.


Eleonora María Flores Pedraza

Periodista Licenciada en Historia y Ciencias Sociales 1984, muestra interés por el periodismo y los problemas de la sociedad.

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