sábado, 31 julio 2021

Santa Clara nuestra … y de otros

He visto como Santa Clara hechiza, incluso, a los remedianos y cienfuegueros más inquebrantables “porque durante 5 años cada calle fue mía”. Pero no soy egoísta, mi ciudad también es de ellos, debo confesar que he amado más a Santa Clara al ver las nostalgias que deja en esos otros pilongos.

Quien diga que en sus inicios universitarios no tuvo una querella regionalista, o es demasiado conservador o no confluyó en un grupo con cienfuegueros y camagüeyanos. Sí, por aquello que la patria chica se defiende con orgullo y con desbalance de objetividad. Cada cual planta sus argumentos como bandera y se abre un debate que, pocas veces, se declara como empate. No exagero, qué va, imposible hacerlo al ser testigo de estas batallas, primero como estudiante, siempre en uno de los bandos, y otra como árbitro o juez imparcial con mis estudiantes ¿lo habré logrado?

Así empieza todo primer año que se respete, llegar a una universidad nueva, una ciudad desconocida y con un montón de cambios en la vida de todo joven. Se pacta la tregua, 4 o 5 años convidan a conocer al enemigo. Y créanme, como toda batalla al fin, esta técnica de ataque es infalible. Se abre una deliciosa guerra sicológica, no tiene otro nombre, para los no pilongos santaclareños.

Empiezan entonces a deambular sus calles y dejan de reírse del “orgullo enfermizo” de un malecón sin agua. Encuentran su espacio entre trovas mejunjeras o noches de Carishow, el pacto realizado en los primeros meses permite confraternizar y esos lugares “acompañados” resultan mucho más placenteros. Suben a la Loma del Capiro y llevan uno de los tantos vinitos que producen los lugareños, cualquiera agarra una guitarra y tararean juntos, con o sin entonación, desde Silvio hasta El Chacal, y ríen y sueñan.

Los fines de semana comienzan a alargarse porque “los artistas hacen más conciertos aquí”, o el teatro “La Caridad” los atrae con sus aires de cultura, la esencia misma de una ciudad. Aprenden recovecos aparentemente intrascendentes y prueban cada uno de sus sitios gastronómicos, toman cerveza o sucumben ante un mojito o caipiriña en alguno de sus bares.

Santa Clara queda a sus pies, o mejor viceversa, pero aún resulta imposible claudicar del todo. Quizás ni lo más pilongos de nacimiento puedan explicar el embrujo que deja la ciudad a los ojos de los nacidos en otras regiones de nuestra tierra.

Peñas en la UNEAC, los festivales de teatro, el Longina, Ciudad Metal, la Trovuntivitis, el zoológico, ambientes tan comunes y tan gratificantes para quienes de lejos encuentran, aquí, su otro espacio. Así la batalla toma otros matices y comprenden la espiritualidad que se siente en el parque Vidal, imposible comparar su vida con otros parques cubanos. Aprenden del deleite de ver caer la tarde sentado en sus bancos y los pájaros que llegan como ilustración palpable del visitante que siempre acude al rencuentro.

Los objetivos de la guerra han cambiado, seguimos siendo cada cual de nuestro terruño, a ellos casi siempre volvemos. Así que sigo protagonizando o arbitrando peleas propias de primer año. No, no seré imparcial aunque lo intente. He visto como Santa Clara hechiza, incluso, a los remedianos y cienfuegueros más inquebrantables “porque durante 5 años cada calle fue mía”. Pero no soy egoísta, mi ciudad también es de ellos, debo confesar que he amado más a Santa Clara al ver las nostalgias que deja en esos otros pilongos.


Grettel Rodríguez Bazán

Colaboradora Licenciada en Periodismo por la UCLV 2009, disfruta las creaciones audiovisuales e imparte docencia sobre televisión.

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2 comentarios

  1. Sin dudas un comentario bello, soy Lic. en Sociología de la Marta Abreu, qué 5 años, nunca los olvidaré y ese comentaro me trajo recuerdos muy gratos y nostalgicos a la vez, pero lo lindo es; que Santa Clara encanta.