miércoles, 29 mayo 2024

Desde Paula hasta Dos Ríos

Para la Patria vive, no para su persona humilde y buena.

Nace en la calle Paula, el viernes 28 de enero de 1853. Todavía es madrugada y el sol se prepara para salir, aunque ya hay un sol en el cuarto de Leonor.

Con apenas 16 años ya está preso.  En la cárcel, metido entre rejas, le escribe a la madre y asegura que ha de vivir muy poco; entre látigos e insultos, viste de presidiario, arrastra los hierros, carga su cruz, y ante la deformidad humana, pasa sereno entre los viles.

Doña Leonor se esfuerza por indicar otro sendero, y le advierte que todo el que se mete a redentor termina crucificado; pero el hijo no quiere ser de manso buey, ni acepta el yugo que le ofrecen; busca con afán, la estrella que ilumina y mata.

Del banco del colegio al banco del presidio. Y del presidio, a la finca El Abra, en Isla de Pinos. Allí le curan, las manos maternales de Trinidad Valdés, y a ella le regala una cruz, símbolo temprano del camino hacia el martirio.

La madre comprende, al fin, que es inútil detener a su hijo, como no pudo Espirta, desde las páginas de un poema dramático, detener a Abdala; y le lleva hasta Nueva York un anillo, hecho con un pedazo de los hierros que arrastró en las canteras de San Lázaro. Sobre el anillo, la palabra Cuba.

Para la Patria vive, no para su persona humilde y buena; un verso, pleno de sencillez, guarda el dilema: «Yo que vivo, aunque me he muerto Ya es el muerto / vivo; el que salva a la mariposa, y el sicomoro muerto en el estero».

Con todas las manos de los emigrados, levanta su voz para lanzar uno de los discursos más centelleantes de la historia de su país, y que comienza con una ofrenda: «Para Cuba que sufre la primera palabra». Nos deja la fórmula amorosa del equilibrio masónico: «Con todos y para el bien de todos».

Collazo le insinúa, en carta pública, que no tendrá el valor de venir a la manigua. Martí se defiende, y le confiesa que las  mujeres de Tampa le han regalado una cruz de conchas de medio metro.

Ya arde la sangre. El 1ro. de abril de 1895 escribe a Gonzalo de Quesada su testamento literario, y el desafío ético de lo que está por hacer: «En la cruz murió el hombre un día; se ha de aprender a morir en la cruz todos los días».

Le llenan el cuerpo de llagas y mordidas, pero lleva el remo de proa, y no pueden negarle la orilla de Cajobabo. Solo la luz es comparable a su felicidad, siente algo puro como la paz de un niño, solo falta cruzar el río, adiós, y martirio.

No está sentado en el centro de una mesa repartiendo el pan y el vino, pero hay un último discurso y un almuerzo; y aquellas palabras que untaron de heroísmo los nombres de todo el monte cubano: «Por Cuba, sépase bien, estoy dispuesto a dejarme clavar en la cruz». Era el mediodía del domingo 19 de mayo de 1895.

Es la hora de la carga y se abre el libro de la sangre. Su lugar no es la hamaca del campamento, ni puede ser un espectador de la contienda. Se va con Ángel de la Guardia. Está muy turbia el agua del Contramaestre. Un disparo le rompe la lengua, otro le atraviesa el muslo, un tercero, acaso de remate, atraviesa el pecho. Las sombras no impiden todo el sol de mayo sobre sus ojos callados. En Dos Ríos ha muerto el hijo de Leonor.

Después del combate, el campesino José Rosalía Pacheco guarda, en un pomo, un poco de tierra empapada con la sangre de Martí. Una cruz de Caguairán indica el punto exacto donde cae el héroe de Dos Ríos.  Meses más tarde, de vuelta por el lugar, Gómez busca la cruz. Cada uno de sus hombres ha tomado del río una piedra y allí la dejan, levantando la silueta indefinida de un hombre de mármol.

Aquella noche de su muerte, silencio en el campamento: Ha muerto el mejor de nuestros compañeros. Pero si te adentras en la manigua, donde las palmas vigilan los silencios y cantos del monte, escucharás el susurro del río, y la inconfundible voz de los que no mueren:

«Cuando al peso de la cruz  / El hombre morir resuelve, / Sale a hacer bien, lo hace, y vuelve / Como de un baño de luz».

Por eso Martí vuelve hasta el portal de su tierra, trae una hendidura de grilletes en un tobillo, la vieja manta con la que le quitaron el frío, hierbabuena para sanar heridas, trae un verso, y una estrella que salva la verdad, y la ternura; los nombres difíciles de la luz que ilumina a los hombres todos de la tierra.


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