Vie, 25 junio 2021

La eticidad más pura

A 130 años de publicados, Los versos sencillos siguen siendo una expresión de la eticidad más pura.

Indudablemente, 1891 fue un periodo decisivo en la vida literaria, sentimental y patriótica de José Martí. El 1ro. de enero de ese año saldría a la luz, en La Revista Ilustrada de Nueva York, su estudio Nuestra América, ensayo metodológico para entender al dedillo los grandes retos del subcontinente, si en verdad anhelaba concluir el largo camino de la descolonización.

El texto nos avisa de un pensador en plena madurez e ineludible en los designios de la emancipación total de la tierra que «el Gran Semí regó con la semilla de la patria nueva, sentado en el lomo del cóndor por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar». Fue el año en que el Gobierno de Uruguay le otorgara el exequátur como cónsul de su país, lo que le permitió representar a la nación ante la Comisión Monetaria Internacional, celebrada en Washington, a partir del 7 de enero.

Conocidas son también las muchas invitaciones a pronunciar discursos, memorables ya en su oratoria, ejemplo de un «cicerón» culto y honrado. Pero, sin lugar a duda, Con todos y para el bien de todos, del 26 de noviembre, en el Liceo de Tampa, y Los pinos nuevos, el 27, a 20 años del fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina, son los más estudiados por los cubanos, pues en ambos se advierte ya al estadista y al político, convocante líder de un proyecto revolucionario, inevitable y necesario.

Los avatares de su plan emancipador y los peligros que representaban, para la soberanía de nuestra América, tanto el Congreso de Washington de 1889-1891 como las sesiones de la Comisión Internacional Monetaria, habían tocado hondo las fibras del poeta político y lo habían dejado exhausto. Se hubiese confiado entonces que, con el arribo a Nueva York de Carmen Zayas Bazán (Esa es la hermosa mujer/ Que me robó el corazón), acompañada de su hijo, convertido en todo un jovencito, el 30 de junio, hubiese curado el ánimo del incesante batallador. Seis años de separación habrían sido suficientes porqué para el rompimiento categórico del lazo matrimonial de un hombre con su cónyuge; pero no lo habían sido para aquel, llamado a convertirse en el Apóstol de la independencia de Cuba. Era Martí demasiado hombre para no entender que, bajo el seno ampuloso y deseado de la hermosa camagüeyana, de la que se había prendado con todo el ímpetu de varón, se hallaba la madre del hijo dilecto, cuya existencia constituía el fruto de noches de pasiones, embriagados por el deseo y el sueño de un porvenir luminoso en la patria, forjada por la voluntad de manos nobles y espíritus elevados. Pepito Martí vendría entonces a rehacer, fugazmente, es cierto, una relación moldeada en el tálamo del amor definitivo y en la angustia ante la incertidumbre del futuro demorado. Otra vez Martí calló sus reclamos y supo perdonar.

Empero no fue así, lamentable desdicha en la vida de un proscripto, que necesitaba mucho de ser comprendido y mimado por las caricias de la mujer, enfermo como se encontraba de noches de nubarrones y de olas violentas, engendradas por un mar patibulario y desatinado, culpable de sus pesadillas y arrobamientos inoportunos. Recordaría, con dolor profundo, aquella carta de su madre, de 1881, donde, además de advertirle que Carmen era voluntariosa, le señala: «no es mujer para penalidades ni para vivir con pocos recursos». Y no le fue ajeno a Martí saber que la hija de don Francisco provenía de una familia de gran sosiego financiero, acostumbrada a rendirse ante los designios del régimen colonial español y dispuesta a salvar su patrimonio de bienestar al abrigo de las leyes de la monarquía peninsular. Confiaba él en que el amor elevaría el espíritu de su esposa hasta el altar de los grandes sacrificios materiales. Vivió atrapado entre el amor de patria y el de mujer, y, como secuencia de una amargura feliz, pactada bajo los influjos del corazón y de la eticidad, con su mujer madre del hijo, y la otra Carmen, la del silencio de senos maternales, toda dispuesta para el júbilo del triunfo, amasado igualmente con su sudor, y el reconocimiento para el himno nupcial.

Y para concluir una vida pletórica de lirismo, se echa el poeta, por sugerencias médicas, a los estribos del monte. Lo necesitaba el político y, mucho más, el esposo, el padre y el poeta, acosado por los miedos, las incertidumbres brotadas de un año angustioso, de felicidades truncadas por el abandono y el desamor. Y allí, a la sombra del árbol generoso, del canto del arroyo y el vuelo de las aves, va la mano del poeta recomponiendo su vida en vigorosos trazos líricos, y como en juegos pueriles va naciendo un cuaderno de 46 poemas (Los versos sencillos), sin títulos, estructurados en cuartetas y redondillas, hermosos para acompañar la guitarra, a veces con la sencillez violenta de los recuerdos amargos, a veces con el ritmo callado de las evocaciones que, como cuchillos, penetran la carne y lastiman de nuevo las heridas. Entonces el dolor brota mudo, sin odios, perdonado… Se esconde al niño rebelde, al joven apasionado, al líder genio y reconciliador de un proyecto más hermoso en su alto sentido de justicia, y se asoma el hombre: esposo y padre, humilde en su ética, capaz de perdonar y asumir la utilidad de su virtud por encima de cualquier hendidura del espíritu: (Yo he visto morir a un hombre/ Con el puñal al costado/ Sin decir jamás el nombre/ De aquella que lo ha matado). Y así, como el que escribe una alerta para los que llevamos calzones, nos aconseja: ¿De mujer? Pues puede ser/ Que mueras de su mordida;/ Pero no empañes tu vida/ Diciendo mal de mujer.

A 130 años de publicados, Los versos sencillos siguen siendo una expresión de la eticidad más pura.


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