Sáb, 12 junio 2021

Dime cómo vistes y te diré quién eres

Faldas, chalecos, tacones, bolsos. Unos grandes y otros no tanto forman hoy parte importantísima de la figura humana. De día o de noche acompañan a féminas de todas las edades, muchas veces, lamentablemente, sin resultar la opción más armónica para sus figuras.

Faldas, chalecos, tacones, bolsos. Unos grandes y otros no tanto forman hoy parte importantísima de la figura humana. De día o de noche acompañan a féminas de todas las edades, muchas veces, lamentablemente, sin resultar la opción más armónica para sus figuras.

Saber vestir, o sea, vestir bien, debería, en los tiempos actuales, convertirse en una máxima para todo individuo, mucho más cuando el mercado y sus estereotipos signan la vida cotidiana. Porque saber vestir no significa llevar sobre la piel el último diseño o las marcas más reconocidas, sino en usar lo más apropiado para potenciar la imagen y lucir siempre con encanto.

Según los psicólogos, en el momento mismo en qué seleccionamos qué ponernos para cada ocasión, demostramos nuestras preferencias, inclinaciones, carácter, educación y hasta nivel cultural y posición socioeconómica. Es además, un acto que refleja la imagen que se quiere tener y proyectar; expresa la necesidad de ser aceptado, de llenar expectativas individuales, de gustarse y sobre todo, de gustar.

De ahí la falsa creencia de que el traje acuña la personalidad y no al revés, y con esta premisa nos lanzamos a la calle, el trabajo, escuela y hasta hospitales lo mismo con lentejuelas a las 9: 00 de la mañana, que en shorts, bermudas y transparencias. El resultado aparente: ser moderno; el real: la vulgaridad remarcada y la muestra total de desconocimiento de las más elementales normas del buen gusto.

Por mucho calor que se tenga o joven que se parezca, existen reglas que nos gusten o no, existen por convención social y precisamente por ello deben cumplirse: el vestir adecuadamente resulta una de ellas. Incómodo y hasta irrespetuoso resulta hoy concurrir a una consulta médica y encontrarse a los pacientes, sobre todo mujeres, en minifaldas o shorts. Lo mismo ocurre en las aulas universitarias o centros de superación a los que no se asiste en uniforme, y en el que los estudiantes se presentan en ropas cortas, escotadas, ceñidas y hasta etcéteras.

Tampoco escapan a este vestuario el ambiente de trabajo; lycras, bermudas, pantaletas y hasta camisetas desfilan por oficinas, recepciones, comedores, sin reparar en el significado del mundo del trabajo y la importancia de la apariencia en ese espacio llamado jornada laboral. Aunque no se trata de vestir a la “antigua” o de forma excesivamente sobria, sí se trata de respetar los espacios y sus códigos, y sobre todo, de recordar que la forma cotidiana de vestir conforman la primera impresión que tenemos sobre el otro, y en esta tarjeta de presentación, el cuño personal es más que visible.

Sencillez, buen gusto, y pertinencia en el vestuario, cautivan siempre mucho más que un escote pronunciado o una pieza entallada. Ante tanta sobreabundancia de estilos y opciones, se impone elegir y elegir bien. Los límites entre lo apropiado y lo vulgar, se desdibujan en aras de la modernidad, sin pensar que el estilo trasciende a la figura, y que la apariencia se construye, mientras el gusto, siempre se pule.


Carmen Milagros Martín Castillo

Periodista Licenciada en Periodismo por la UCLV 2012. Editora del sitio web de Telecubanacán, amante del universo digital.

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