lunes, 20 septiembre 2021

Desiderata más allá de la pandemia

Vamos cerrando el año, y en el paso al advenimiento del venidero, siempre se aconseja un ejercicio espiritual: decidir con que nos vamos a quedar para dar alimento a nuestra alma.
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Habrá quienes se queden con un recuerdo oscuro, triste, que recuente las tensiones, los desvaríos de la angustia y la incertidumbre, que vuelva sobre lo perdido, sobre la enfermedad y la muerte. Actitudes egoístas, al borde de lo siniestro, disoluciones contextuales convertidas en definitivas, hasta las colas y el desabastecimiento sembrando desidia y malestar.

Sentarse en este lado del problema, es una decisión legítima y posible, pero sombría y desmovilizadora.

Será entonces mejor olvidar lo sucedido, pasar la página, y tener un poco de fe en que las cosas van a mejorar (porque peor, es imposible). “Hay que tener fe que todo llega”, decía en su momento la magnífica Consuelo Vidal con un doble sentido de inspiración libertaria. Pero ni la gravedad percibida hace caer por sí sola lo que la fe recomienda. A la fe hay que ayudarla.

Sin embargo, otros, otros recordaremos lo que fuimos capaces de hacer ante tamaña adversidad. Recuperaremos la solidaridad vivida, la responsabilidad asumida no solo por la vida propia, sino por la de los otros. Nos haremos cargo de las capacidades que movilizamos para hacer lo posible y más… y mucho más, y no las dejaremos atrás, las multiplicaremos. Nos sentiremos agradecidos de la amistad, del compañerismo, del buen humor que no nos faltó. Contaremos lo que nos pasó, solo para que lo que hicimos sea protagonista de la experiencia.

Reconoceremos que aprendimos a ver mejor, a descubrir la sonrisa detrás del nasobuco y amar en la media distancia. Que redescubrimos el valor de ser una buena persona, de pensar en nos-otros. La resiliencia no está en el golpe, en la caída, sino en su superación, más cuando enriquece el sentido mismo de la existencia.

Entonces, los del lado cosmogónico del optimismo inteligente, de la certeza de las manos y no solo del corazón, los que hoy diríamos. “Hay que ayudar a la fe para que ande, para que se nos dé”, cerraremos el año con un profundo sentimiento de logro. Sentiremos que la vida no es un acontecimiento casual, es una construcción – que la hacemos, la disfrutamos, y claro que de vez en cuando la sufrimos, pero en la ecuación ponemos cada cosa en su lugar, y en el lugar del resumen queda la utopía posible, la que podemos conquistar, la que nos hechiza con los mejores sentimientos.

A los que optan por la primera opción, les sugiero ser indulgentes con las torpezas de la naturaleza que tanto maltratamos y que responde con fuerza, ser benévolos con las personas, consigo mismo, con la vida (tan hermosa incluso en su imperfección) y sumarse a los que agradecen el generoso acto de vivir y hacer crecer la vida.

A los indecisos, que no retrasen más su decisión de atarse al compromiso con el alma creadora y redentora.

Y a los otros, a los que creo somos los más, solamente decirles: muchas gracias por la compañía en este viaje que nos ha ayudado a crecer, muchas gracias por llegar al alumbramiento metafórico de la navidad con votos renovados de prosperidad, bienestar y felicidad.

Sigamos juntos haciendo, siendo hacedores de nuestro destino, sabiéndonos
perfectibles pero agradecidos, mejorables pero satisfechos.

Soñar es el anticipo premonitorio que nos regala la esperanza, esa que nos impulsa y mueve día tras día. El alma humana lo merece. El alma cubana lo necesita y agradece.

Que el espíritu de festividad nos acompañe.

¡No es fácil, pero vale la pena!


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