lunes, 22 julio 2024

José Martí en el cenit de Dos Ríos

El 19 de mayo de 1895 un hecho que casi detuvo los relojes enlutó a los patriotas cubanos: la caída en combate, en el llano de Dos Ríos, oriente de Cuba, del Apóstol de la independencia.

Los relojes no se pararon en seco, empero. Quien muriera como hombre bueno, según su propia predicción, había contribuido tanto a la preparación política e ideológica de esta nueva carga de la Revolución, a fin de fortalecer los resortes de la imperativa unidad, que el mejor homenaje en medio del dolor fue continuar sus esfuerzos y su obra.

El día anterior a su caída El Maestro había escrito, sin saberlo, lo que la posteridad reconoce como su Testamento Político, cuando en carta inconclusa destinada a su entrañable amigo mexicano Manuel Mercado le expresara el propósito de luchar por la independencia de su tierra, además de trabajar en el objetivo, a partir de ese logro, de impedir que Estados Unidos cayera con esa fuerza más sobre los pueblos de América.

En silencio había tenido que ser, le decía confidencialmente, porque había cosas que así lo requerían, pero sentenciaba que todo lo que había hecho hasta ese momento y haría en el futuro también respondería a ese deber ineludible.

Los cubanos ven hoy en esas convicciones una reafirmación de su antimperialismo preclaro y una muestra de su genio y estatura política, que trascienden las urgencias de la noble causa por la emancipación de su pueblo, todavía con estatus colonial a fines del siglo XIX, y avizora las amenazas del futuro, llegando a deducciones certeras.

Antes de arribar a Cuba el 11 de abril de 1895 como Delegado del Partido Revolucionario Cubano junto al General en Jefe de la Campaña, Máximo Gómez, por Playita de Cajobabo, cerca de Baracoa, había vivido largos años en el exilio, entre ellos aproximadamente 15 en Estados Unidos, antecedidos por estancias más cortas en naciones latinoamericanas que empezaron por México, Guatemala y Venezuela.

Y previa al hondón triste de Dos Ríos José Martí había vivido una etapa intensa y abnegada de trabajo realizado desde EE.UU., fundamentalmente, pero que incluyó viajes a otras naciones para cumplir preparativos de lo que él llamó la Guerra Necesaria, la cual tenía la intención de que fuera un proceso rápido y eficaz. Contaba esta vez con el triunfo definitivo, evitando la intervención de la vecina potencia, de la cual conocía sus voraces propósitos.

Aunque no se veía a sí mismo como presidente e insistía en su condición de Delegado, había concebido ideas medulares de cómo sería la república de una Cuba Libre: Con todos y para el bien de todos. Son postulados que nos inspiran e iluminan todavía.

Martí no descansó un minuto hasta embarcarse después de haber participado en movilizaciones de sus compatriotas para acercarlos a la causa, recaudar fondos, donativos y pertrechos militares, haciendo reuniones y discursos, creando el Partido Revolucionario Cubano el 10 de abril de 1892 y el periódico Patria desde días antes, el 14 de marzo de ese año, ambos esenciales en la organización y desarrollo ideológico de la contienda.

Las condiciones en que vivió y trabajó, su sacrificada entrega, le ganó el reconocimiento de Apóstol de Cuba con que en el presente aún se reverencia a ese combatiente revolucionario quien tras haber sido en todo momento un intelectual brillante, un renombrado valor de las letras hispanoamericanas como poeta, escritor y periodista, había renunciado a ejercer esos oficios y entregaba su vida a los afanes libertarios.

No paraba aquella persona a la que un amigo llamaba cariñosamente “el hombre ardilla” por su agilidad para ir y venir, subiendo y bajando escaleras y acudiendo a mítines y reuniones, portando los fondos intocables de la Patria, mientras pasaba hasta hambre y andaba con ropas desgastadas, enfermo a veces por las crudezas del clima norteño.

Poco antes de llegar a Cuba, el gran golpe del fracaso de la expedición de La Fernandina, de la que tuvo que reponerse sin remedio. Y luego el encuentro con Gómez en Montecristi, donde juntos firmaron el histórico Manifiesto del 25 de marzo de 1895, cuando en la Isla ya se había iniciado la guerra, tras su orden, desde el 24 de febrero. De ahí el anhelado viaje secreto hacia las costas del país natal.

Otro de los grandes logros del Maestro había sido incorporar a la nueva campaña independentista a estrategas militares de la talla del Lugarteniente General Antonio Maceo, inmortal por su desempeño en la Guerra de los 10 años (1868-1878) y por su intransigente Protesta de Baraguá frente al fin vergonzoso de esa contienda. También de otros brillantes Generales: Flor Crombet y José Maceo.

Todos obligados como él a vivir en el exilio, tras una juventud patriótica activa, llegaron a Cuba el primero de abril del mismo año por la costa oriental de Duaba. El General Crombet fue el primero en morir combatiendo a los pocos días.

José Martí cayó en Dos Ríos con los grados de Mayor General del Ejército Libertador, dados ya en campaña en cónclave realizado días previos en la finca La Mejorana. Cabalgaba, dicen, con su ropa de domingo y no con su habitual chamarreta de campaña, la cual mencionara alguna vez en su Diario. Era jinete de un brioso corcel blanco, regalo de su amigo y admirador José Maceo.

Martí se preparaba para asistir a una reunión con mambises de todo el país, para validar una nueva Constitución y hablar de la Nueva República en Armas. Desde su arribo a Cuba las expresiones de felicidad por poder al fin concretar su sueño, fueron desbordantes.

Era increíble la grandeza de ese hombre que echándose sobre sus hombros tareas inmensas, al mismo tiempo disfrutara como un niño de las bellezas y encantos intangibles e ideales de la vida. Así, nuestro Héroe Nacional pasó a la infinidad en Dos Ríos. (Marta Gómez Ferrals, ACN)


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