miércoles, 28 julio 2021

Siempre recordaré a Ana María Matute

El 25 de junio el mundo recordará el aniversario sexto del deceso de una de las grandes de las letras: Ana María Matute.

Refiriéndose a la Matute quizás alguno de sus biografos pudiera decir que ​​​ fue una novelista española miembro de la Real Academia Española que en 2010 obtuvo el Premio Cervantes. Matute fue una de las voces más personales de la literatura española del siglo XX y es considerada por muchos como una de las mejores novelistas de la posguerra española.

Pero para mí fue algo más

Detrás de mi cama en una gran caja de cartón guardo los libros que por casi 30 años han influido en mi formación como escritor y otros que me han gustado lo suficiente para trascender a lo largo de mi vida como lector apasionado.

Recuerdo que a mediados de los años 90 del pasado siglo, cuando aún intentaba crear mi propio estilo comunicativo, en un viaje a la ciudad me llamó la atención y compré un libro en el estanquillo de un vendedor de volúmenes y revistas de uso: “Los soldados lloran de noche”, de la escritora catalana Ana María Matute, publicado por la desaparecida Colección Cocuyo, del Instituto Cubano del Libro.

Por suerte solo le faltaban la portada  y las primeras carillas. Después de un largo regateo pagué por él lo que me pareció casi el triple de su precio, pues el librero tenía su clientela fija -los vendedores de cucuruchos de cacahuete azucarado compraban los volúmenes para envolver en sus páginas el producto- pero nunca me he arrepentido de ello.

A través de sus páginas aprendí que más allá de la utopía, las personas pueden vivir y hasta morir por una idea y que a veces la desesperanza es un sentimiento tan fuerte como el amor mismo.

Mi vida como intelectual ha estado repleta de acontecimientos que han sacudido a generaciones enteras y otros que parecieron muy importantes en un momento y que la historia y el tiempo han reducido a evocaciones poco gloriosas o viejos informes dentro de un archivo.

A veces la rueda del tiempo gira y los sucesos se repiten. Cada vez que esto sucede yo releo las páginas de “Los soldados lloran de noche”, por extraño que parezca el rencuentro con Jeza, Marta y Manuel, y respirar el olor de la verdadera pólvora me calman; entonces a pesar de las penumbras eso se me antoja algo tragicómico, un lenguaje sin coordenadas coherentes.

Ninguno de los grandes valores pregonados por la humanidad es superior a la simple vida de un hombre, y como siempre dijo “la Matute”: la verdadera grandeza está en mejorar la existencia de los seres humanos y esta no se puede concebir sin el uso de las palabras adecuadas.

Me di cuenta que lo hombres pocas veces aceptamos la muerte como una posibilidad cercana y por eso hay cosas que nunca le decimos a aquellas personas queridas que consideramos verdaderamente importantes, hasta que su deceso nos sorprende y entonces lamentamos tantas cosas…

Quizás un poco a modo de disculpas, y con ayuda de la Internet, he buscado los libros de la Matute que no se han publicado en mi país, sumergiéndome en sus mundos y universos a veces encantados, a veces más reales que la vida misma.

Hoy me leo El Cuento De La Criada, que narra sobre el estado de Gilead, donde las criadas forman una importante clase social, diseñada para dar a luz a los ciudadanos. Las mujeres fértiles van cubiertas hasta las manos por una túnica roja.

La ciudad está regida por un reglamento despótico que castiga con la pena de muerte a quienes se apartan de él; para las criadas existe siempre el temor al fracaso y la amenaza de la confinación en la isla de los seres inservibles. Para que sirva de ejemplo y a modo de amenaza,  del alto muro que rodea la urbe cuelgan los cadáveres de los disconformes.

Para la gente siempre habrá un infierno, y la elección podemos cambiarla a voluntad; la pregunta es: ¿deseamos ser déspotas, criadas o disidentes?

O quizás hundidos en la nada, vivamos la vida como simples marionetas contempladoras de un mundo que se agita por los demás seres que habitan en la ciudad, dejando al descubierto sus propias miserias y tormentos.

Como todos los grandes de la historia de la humanidad, la obra de Ana María Matute la ha sobrepasado.

Esté donde esté esa gran señora, yo la recordaré siempre.


Reinaldo Cañizares

Periodista Ingeniero Químico de profesión, ama el Periodismo y la Literatura y el acontecer de su tierra: Encrucijada.

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