Mar, 15 junio 2021

Cuidados y cuidadoras: Las preguntas correctas

Liliana tiene 49 años, un hijo de 21 y una hija de 19. Cuando compartíamos aula en la secundaria, era la reina indiscutible de las fórmulas químicas. Fiel a sus pasiones, hoy trabaja en uno de esos centros de ciencia que se han robado titulares en Cuba. Pero, aunque no ha dejado de trabajar en su laboratorio, la obsesión de Liliana ahora mismo tiene más que ver con ollas y trapeadores, que con probetas y microscopios.

A Liliana me la tropecé hace alrededor de una semana, cuando todavía no encajaban del todo las piezas de lo que serían estas Letras… Al principio no la reconocí. El nasobuco y un cambio de estilo en su antes llamativo pelo color zanahoria, junto al estrés que acompaña la cola de un banco al mediodía de estos tiempos de pandemia, me jugaron una muy mala pasada. Pero a los pocos minutos ambas casi –solo casi- dábamos gracias a la espera que nos permitió ponernos al día sobre los más de 35 años que han pasado desde que fuimos amigas en la adolescencia.   

Liliana tiene 49 años, un hijo de 21 y una hija de 19. Cuando compartíamos aula en la secundaria, era la reina indiscutible de las fórmulas químicas. Fiel a sus pasiones, hoy trabaja en uno de esos centros de ciencia que se han robado titulares en Cuba. Pero no pude sacarle ningún “palo periodístico”. Ni siquiera echando mano al variopinto arsenal de herramientas profesionales acumulado en más de dos décadas. 

Aunque no ha dejado de trabajar en su laboratorio,  la obsesión de Liliana ahora mismo tiene más que ver con ollas y trapeadores, que con probetas y microscopios. Una inesperada enfermedad de su madre la obligó a traerla de Villa Clara a La Habana a fines de 2020; al esposo –también científico- apenas lo ve un ratico “cuando llega a las tantas de la noche” y “los muchachos” se pasan el día delante de los móviles o la computadora.  

“No tengo vida”, me contó. “Estoy durmiendo dos o tres horas diarias, no más. Y el resto del tiempo que estoy en la casa se me va sin darme cuenta. Lía, mi hija, me ayuda muchísimo, pero se pasa la vida protestando porque es la tiene que soltar siempre lo que está haciendo para dedicarse a las cosas de la casa, mientras el hermano, si acaso, friega de vez en cuando”. 

El panorama de Liliana es complicado. Y lo peor, muy frecuente en este lado del mundo. No es casual que justo la responsabilidad de las tareas de cuidado, con sobrecarga para las mujeres, fuera el desafío más mencionado por las 10 sociólogas, juristas, economistas, psicólogas, demógrafas, comunicadoras y periodistas entrevistadas por esta columna a inicios de 2021, en busca de los retos más acuciantes que signarán los caminos de las batallas de género para la sociedad cubana.  

Pero, ¿de qué estamos hablando exactamente? ¿Qué son los cuidados? ¿Cuál es su valor económico y social? ¿Por qué recaen sobre las espaldas de las mujeres? ¿Qué importancia tiene redistribuir estas funciones? 

Algunas de esas preguntas circulan desde hace unas horas en estados de Facebook y  WhatsApp. Son parte de la campaña Reconocer y Valorar Los Cuidados, que apuesta por  posicionar el tema de las labores de cuidado y la importancia de su reconocimiento y valorización en Cuba. 

La impulsa un grupo de organizaciones, instituciones y especialistas que comprenden la necesidad de “sensibilizar a la población y generar conversaciones, basadas en evidencias, en torno al cuidado de la vida, su relevancia para el desarrollo sostenible del país y la necesidad de acortar las brechas de género asociadas a estas labores”, explicó a esta columna la doctora Magela Romero Almodovar, profesora del Departamento de Sociología de la Universidad de la Habana y parte del equipo que gestó la iniciativa. 

Responderlas, reflexionar acerca de ellas resulta urgente y vital, pues las labores de cuidado del día a día, “como parte de los derechos y deberes ciudadanos que permiten sostener la vida, necesitan convertirse en parte de un debate cotidiano que contribuya a la transformación de prácticas cotidianas para lograr el bienestar con equidad social de todas las personas. No solo de las que demandan cuidados, sino también de quienes cuidan”, aseveró Romero. 

Esta iniciativa, en la que participan la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), la capitalina casa de altos estudios donde labora Romero, el UNFPA, Fondo de Población de las Naciones Unidas, la Fundación Friedrich Ebert (FES) y la Red Cubana de Estudios sobre Cuidados, que justo en estos momentos alista sus motores para echar a andar, “es parte de los esfuerzos que hace tiempo vienen realizando un grupo de actores nacionales entre los que resaltan Galfisa y la Oficina del Historiador, con aportes importantes de OXFAM, Mundubat, We World, COSUDE, entre otros espacios de la cooperación internacional en la Isla”, detalló la socióloga. 

Cuando se alude a los cuidados, se hace referencia al trabajo, remunerado o no, que permite proteger, sostener la vida y lograr determinados niveles de bienestar para el disfrute de una vida digna. En una sociedad como la cubana, que aun arrastra fuertes herencias patriarcales, estas labores suelen recaer, mayoritariamente, sobre los hombros de las mujeres.  

El panorama se agrava ante el avanzado envejecimiento demográfico. Con 21,3 por ciento de personas de 60 y más años al cierre de 2020, nuestra nación caribeña se alza como la más envejecida de la región, una situación con impactos bien diferenciados para la población femenina.  

Lo que cuentan los números 

Imagen de la campaña Reconocer y Valorar Los Cuidados.

Por solo aportar una primera evidencia,  cerca del 57 por ciento de la población cubana mayor de 50 años prefiere, en caso de necesitar cuidados, que estos sean ofrecidos por mujeres. Solo poco más del 5 por ciento elegiría a un hombre como cuidador, según la Encuesta Nacional de Envejecimiento de la Población, realizada en 2017 por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI). 

Otra investigación, también de la ONEI, la Encuesta Nacional de Igualdad de Género (ENIG-2016), encontró que las mujeres que tienen empleo fuera de casa dedican al trabajo no remunerado, ese que se realiza casi siempre puertas adentro de casa, casi 10 horas más que los hombres en igual situación. Esta diferencia se dispara cuando miramos a las mal llamadas “amas de casa”: ellas destinan a esas labores 18 horas más que los hombres que no tienen un empleo pagado. 

Para mujeres como Liliana, obviamente, esta sobrecarga significa decir adiós a momentos de esparcimiento o descanso. Según la propia ENIG-2016, Lo peor es que ese estado de cosas suele repetirse de generación en generación. La citada encuesta de 2016 confirmó la persistencia de un patrón tradicional de distribución de tareas que se reproduce desde edades tempranas, algo que coincide con los reclamos de Lía, la hija de mi amiga.

Más del 45 por ciento de los hombres y del 30 por ciento de las mujeres afirmaron que las hijas y otras mujeres del hogar participan en tareas domésticas como limpiar, fregar, cocinar, lavar y planchar. Solo 4 por ciento de las personas encuestadas reconoció la participación en estas tareas de hijos y otros hombres. 

“En las prácticas al interior de las familias se pautan roles y estereotipos de género que reproducen desigualdades entre hijos e hijas, donde la mayor parte de las actividades domésticas y de cuidado sigue quedando a cargo de ellas”, afirma la investigación, que consultó a más de 19 mil 100 personas de 15 a 74 años, de todas las regiones del país. 

La brecha, además, no se refiere únicamente al esfuerzo físico. Como norma, esas tareas que realizan mayormente las mujeres implican, también, un importante desgaste psicológico. La ENIG 2016 calculó que ellas dedican más de 21 horas semanales a planificar y preparar comidas y la higiene de ropas y viviendas, mientras los hombres emplean menos de la mitad –unas 8 horas y media semanales- en esas mismas tareas.  

Ellas son también las que asumen las labores relacionadas con el cuidado, incluida la atención a las personas adultas mayores, enfermas crónicas y dependientes, así como todo el apoyo que en el ámbito escolar requieren niñas, niños y adolescentes. En números concretos, las cubanas encuestadas invierten 8:29 horas semanales en el cuidado de otras personas mientras que sus congéneres, apenas llegan a las 4 horas. 

Finalmente, la ya citada Encuesta Nacional de Envejecimiento pone el dedo en otra llaga. Proveer cuidados es causa frecuente para abandonar el empleo en cubanas mayores de 50 años. Cuatro de cada 10 mujeres entrevistadas manifestaron haber abandonado el vínculo laboral por una causa diferente a la jubilación. El 26,3 por ciento lo hizo a causa de la “necesidad de proveer cuidado”. 

Una mirada diferente 

Imagen de la campaña Reconocer y Valorar Los Cuidados.

La participación equilibrada de mujeres y hombres en la vida familiar y en el mercado de trabajo ha sido una constante entre las aspiraciones del movimiento feminista desde hace siglos. El reclamo mayor pasa por cambiar la perspectiva desde donde se mira.

Así, los debates llevaron al nacimiento de la llamada “economía feminista” y al concepto de la “economía del cuidado”, que “ha contribuido a actualizar el debate feminista sobre las formas de organización de la reproducción social, así como a reconocer el impacto de estas en la reproducción de la desigualdad”, según reflexionan Silvia Odriozola y Juan Carlos Imbert, economistas de la Universidad de La Habana, en su artículo Trabajo, género y cuidado: una visión desde la realidad contemporánea de Cuba 

La economía del cuidado, en pocas palabras, intenta visibilizar, desde la ciencia económica la cuestión del trabajo doméstico, la asistencia y el cuidado de otras personas del hogar o la comunidad. En ese camino, estos profesores de la Facultad de Economía advierten de una distinción que entronca directamente con estas Letras…  

Cuando se habla de cuidado, se hace referencia a la labor de atender a otras personas dependientes, pero también cabe una mirada más amplia que incluye a “todas aquellas actividades que se realizan en la vida cotidiana, tanto hacia personas dependientes, como hacia las no dependientes”. O sea, las dobles jornadas laborales de la cotidianidad doméstica. 

Para otra experta, la doctora Georgina Alfonso González, directora del Instituto de Filosofía, la economía feminista, desde sus luchas, demanda, justamente, “el reconocimiento a los valores propios del trabajo doméstico como valores sociales fundamentales, ocultados por la tradición patriarcal que se legitima en la dicotomía público/privado”, según asevera en su artículo Análisis crítico desde la economía feminista de las realidades del cuidado, parte de una interesante sistematización de próxima publicación.

Este material, realizado por un equipo de estudiosas al que pertenecen Alfonso y Almodóvar, junto a las también doctoras Clotilde Proveyer y Dayma Echevarría, ambas sociólogas y la economista Teresa Lara, posiciona los cuidados en la ruta hacia la equidad en Cuba, contó con el apoyo de OXFAM y es parte de esos esfuerzos nacionales de los que contaba Almodóvar.

El camino apenas comienza. Urge promover estudios nacionales que permitan recoger datos para caracterizar las tendencias del país en torno a este asunto y articular reflexiones integradoras desde la teoría y economía feministas. El objetivo no es solo comprender la situación, sino también orientar las políticas que conducen el desarrollo. La clave, coinciden especialistas, es hacer las preguntas correctas mientras avanzamos hacia ese, necesario y urgente, sistema integral de cuidados en el país. 


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