Lun, 14 junio 2021

Acuarela de pasiones en La Casona

Reposado lugar campestre. El verdeazulado humeante acentúa lo apacible de la Casona en Los Pinos en donde radica la Estación Experimental del Tabaco en Manicaragua. Parte de la instalación funge desde casi el inicio de la pandemia como uno de los centros de aislamiento del municipio montañoso villaclareño.

La fisonomía externa del lugar converge  con su interior. Son muchos  los que en complicidad se conciertan en que sea así, por eso la Casona como nombre aventaja la expectativa de la grata visualidad. Desde el responsable administrativo, grupo de profesionales  de la salud, trabajadores en servicio para la limpieza y atención alimentaria de los pacientes ingresados en vigilancia epidemiológica como contactos directos, se aprecia el proceder tan grandioso y humilde, tan considerable y humano.

Nunca ha de ser poco cuánto se haga allí. Quienes llegan para la estancia necesaria, se les ha movido el piso, su cotidianidad, y el desasosiego cunde. Por eso, no solo se trata de la asistencia logística  que impone la guardería, sino de advertir la confluencia del susurro, la conmoción y la inquietud.

Y en esa acuarela de pasiones  de La Casona están el Doctor Yaniel, la enfermera Yanara, Lilián la estadística, Yuraisy la ropera, Julito, Yoany, Arletis, La China, de la Dirección Municipal de Deportes, Giraldo el de Transporte, quienes como conjunto, pasan la semana en el centro de aislamiento y al llegar el relevo, les fían a los consentidos.

Pero en medio del ir y venir de quienes insisten en volver, ya sea en cumplimiento de deberes administrativos o por voluntad, siempre hay dos personas que reciben o despiden temporalmente. De allí no se mueven Ada Hernández y Yamilé Yanes, que no tienen sindicato, ni director que las convoquen, pero sí el delirio de una tremenda grandeza nacida de la poderosa invención humana.

Amas de casa, residentes en La Jicotea, barriada colindante  a Los Pinos, cada mañana desde la instauración del centro, atraviesan por el trillo que conduce a La Casona para arrancar con las labores como pantristas. Saben la hora de salida, pero no la del  regreso, “pues depende del día más o menos complicado”, “tampoco las veces que tengo que volver a la casa y hacer el puré, el caldito o el jugo de las frutas que rastreo en el barrio para algunos de los ingresados que, sin pedírmelo, leo en los ojos la necesidad o preferencia”, dicen ambas sin establecimiento ni orden en el guion  del afable diálogo.

Quizás, cuando escampe luego  del aguacero que en venganza limpiará lo feo, Ada y Yamilé no tengan certificados o distinciones, pero indudablemente ya tienen la inmensa comparsa  de la gratitud  formada por quienes desde las mismísimas habitaciones  de La Casona, les retribuyen como  título y añadidura labrados en tiempos de pandemia.

La gradación de tonos y colores de la acuarela de pasiones  ronda también en Río Seibabo, en instituciones docentes como la Escuela Especial Alberto Delgado, San Martín, Obdulio Morales como centros de aislamiento en  la geografía manicaragüense, donde médicos, enfermeras, maestros, gastronómicos, choferes, cocineros, hacen que las luces del alma humana atenúen las sombras de la ansiedad.


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