lunes, 27 mayo 2024

Desiderata en la antesala de un nuevo año

Que seamos siempre capaces de compartir nuestras expectativas sociales e individuales, las que nos conducen por el despliegue de nuestras mejores potencialidades.

¿Qué capacidades insospechadas alberga el alma humana para hacer el bien? ¿Cuánto puede la vocación humanista de un ser humano desprenderse incluso de sus requerimientos primarios y servir al otro? ¿habrá alguna frontera limítrofe para la hermandad? ¿Acaso no devinimos seres humanos en la construcción de nuestros múltiples vínculos? Creer nos lleva a crear. Desear, a luchar por lograr. Por eso es esta mi Desiderata:

Que abracemos la decisión y el empeño de ser mejores personas, de cultivar nuestros buenos sentimientos. No importa cuán difícil sea el andar, ni cuantos obstáculos se interpongan. El único camino seguro para tener un mejor país, una mejor ciudad, un mejor barrio, una mejor familia, es que seamos buenas personas, mejores seres humanos. El mejoramiento de la vida comienza en el mejoramiento de quienes la hacen, la alimentan, le dan sentido.

Que la violencia, de cualquier tipo, sea definitivamente desterrada. La violencia es subsidiaria de la muerte, aliada del malestar existencial, brazo armado de la infelicidad y la maldad. Cultivemos la paz, la comprensión, la sabiduría, el bienestar. Que seamos defensores de la inclusión, de la integración, contrarios a toda discriminación. Los seres vivos somos una familia única, holística, ecosistémica.

Que los tiempos difíciles no marquen con egoísmo y oportunismo las relaciones entre las personas. Tener no es condición para el expolio y el abuso, sino para ayudar y compartir. Cada día despierta con una posibilidad de cambio y los que un día están cerca del sol, otro día puede que estén lejos. Cuando se comparte, incluso en las diferencias, no solo se multiplica el bienestar y la prosperidad posibles, sino también la sostenibilidad del bien común y la paz necesaria para el desarrollo. Las desavenencias nacen de las diferencias cuando estas dan cobijo a la vanidad, la egolatría, la envidia y el descuido de la justicia interpersonal.

Que seamos capaces de construir una resiliencia de vínculos humanos. Una resiliencia empática. Que las soluciones de unos no se interpongan en las soluciones de otros. Que las favorezcan. Las diferencias no pueden ser motivo ni de exclusión ni de marginación. Tener los mismos derechos es poco si estos no se comparten en la solución de los problemas de la vida cotidiana. La conjugación ha de ser completa: yo mejoro, tú mejoras, nosotros mejoramos. La ecuación es conocida: la multiplicación es acción de sumandos. No de divisores.

Que podamos ver y mantener la claridad en medio de las tinieblas de la incertidumbre. Que no dejemos entrar a la desesperanza por mucho que parezca una posibilidad. La desesperanza, el desaliento, no conducen a la solución de los problemas. Son, eso si, arquitectos de la infelicidad. La actitud positiva y creativa es un acto de voluntad, y no importa sus efectos inmediatos, un poco más adelante tendrá su redención.

Que nuestros hijos y nietos no nos priven de acompañarlos en su vida acariciando sus necesidades, sueños y proyectos. Que los puedan realizar aquí donde nosotros ensayamos los nuestros y aprendimos que unas veces sí y otras veces no, pero intentándolo siempre desde el corazón patrio. Que los que ya acumulamos varias décadas no tengamos que vivir en soledad familiar. Sin familia se sufre con más vulnerabilidad y menos contención. Que nos dejen realizar nuestros proyectos sin intromisiones ilegítimas y sin decisiones unilaterales. Queremos ser lo que sepamos hacer con lo que nuestro trabajo y nuestros esfuerzos nos hagan loables.

Que rechacemos cualquier complicidad de convivencia con el desamparo, con la pobreza. La injusticia que los promueve y permite no puede ocultarse con disimulos y distracciones.  Tampoco con lamentos y plegarias. La sed y el hambre no se superan con palabras. Los mejores discursos no valen de mucho cuando no tienen correlatos objetivos, evidentes. El decir tiene que instituirse desde el oír y tiene que traducirse en el hacer, porque hacer es la mejor manera de decir.

Que seamos siempre capaces de compartir nuestras expectativas sociales e individuales, las que nos conducen por el despliegue de nuestras mejores potencialidades. Que el balance, la equidad, el compromiso colectivo, el sentirnos parte de una nación, de un proyecto consensuado de país, sean nuestros anhelos y desvelos de emprendimientos. Justicia social, trabajo mancomunado, prosperidad compartida y sensibilidad humana sean nuestra misión civilizatoria y cultural.

Que siempre tengamos fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud.

Vale la pena.


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