lunes, 17 junio 2024

Conflicto entre Irán e Israel: nuevos rostros para una misma guerra

Cuando pensábamos que ya la escalada de violencia en el Medio Oriente había alcanzado su cumbre tras siete meses de masacre israelí sobre la población palestina de la Franja de Gaza, el presente mes de abril comenzó con un episodio que disparó las alarmas en la región, en lo que podría convertirse en el momento más cercano a una Tercera Guerra Mundial, según varios expertos.

En medio del creciente apoyo de las naciones árabes a la justa causa de Palestina por su independencia y soberanía, el gobierno de Tel Aviv bombardeó el consulado de Irán en Damasco, la capital siria, centrando la atención del mundo en las peligrosas llamas reavivadas de un conflicto que hace unos años también mantiene en vilo a un orbe dividido en una nueva etapa de “Guerra Fría”, donde, otra vez, detrás de otros protagonistas, Moscú y Washington miden fuerzas en un escenario fuera de sus fronteras.
El pasado 1 de abril, Teherán confirmó la destrucción de parte de su sede diplomática tras un ataque aéreo, en el cual perdieron la vida más de una decena de víctimas entre las que se encontraba Mohammad Reza Zahedi, un alto comandante de la Guardia Revolucionaria iraní Al Quds, además de otros dos altos mandos militares.
Luego de dicha agresión, el ministro persa de asuntos exteriores, Hossein Amirabdollaian, describió el ataque como “una violación de todas las obligaciones y convenciones internacionales” y el portavoz de la cancillería de Irán, Nasser Kanani, dijo que el país “se reserva el derecho a llevar a cabo una reacción y decidirá el tipo de respuesta y el castigo al agresor”.
Y, lógicamente, esa respuesta no se hizo esperar. La tensión entre dos viejos y acérrimos rivales en Oriente Medio alcanzó el pasado fin de semana el punto más álgido cuando, por primera vez en la historia, Irán atacó directamente enclaves militares de Israel en respuesta al crimen consular en territorio sirio.
En ese sentido, la guerra entre ambas naciones no es nueva y sus inicios oficiales datan del año 1979, al triunfar la Revolución Islámica iraní y convertirse entonces este país en un poderoso enemigo para el gobierno sionista, al constituir un fuerte bastión defensivo del Islamismo y de las causa de lucha de todos los pueblos árabes, incluido, por supuesto, el pueblo palestino, blanco del genocidio israelí desde inicios del siglo XX.
Pero ¿qué hay detrás de esta nueva etapa de tensiones? Si bien hasta el momento el enfrentamiento nunca había sido directo entre ambas potencias, lo cierto es que jamás se ha detenido, y las agresiones, de uno y otro lado, aunque no han sido atribuidas públicamente, resultan innegables.
Y es que en el centro del problema, el creciente programa de desarrollo nuclear iraní y el reforzamiento de su llamado “eje de resistencia” frente a los intereses occidentales en la región, han estado siempre en la mira de Tel Aviv y por ende, de la Casa Blanca, al considerarlo una amenaza directa para sus operaciones en el área.
Al respecto, en la última década varios de los más importantes científicos nucleares y militares de alto rango persas relacionados con dicho programa fueron asesinados o sufrieron muertes “misteriosas” en condiciones bien irregulares; ese es el caso de Mohsen Fakhrizadeh-Mahavadi, muerto el 27 de noviembre del 2020 a tiros en una emboscada con hombres armados a las afueras de la capital iraní y de Sayyed Razi Mousavi, general al frente del apoyo de su país a Siria, fallecido por un ataque aéreo el 25 de diciembre último, por solo mencionar algunos.
Detrás de todo se alzan entonces nuevamente los dos bandos: por un lado, Irán y su respaldo económico y militar a países como Siria, a grupos de resistencia como el libanés Hezbolá, que a su vez hizo suya hace años la causa palestina, al compartir el horror de la muerte en su frontera común y acoger el Líbano a la mayor cantidad de refugiados palestinos desde la Nakba de 1948, a lo que se suma haber sufrido en su propia tierra masacres tan crueles como las de los campos de refugiados de Sabra y Chatila en 1982.
Entre estos grupos que cuentan con la simpatía iraní destacan además las milicias chiitas en Irak, talón de Aquiles de las bases militares estadounidenses en territorio sirio y jordano y el movimiento hutí en Yemen, baluarte de resistencia en el Mar Rojo, hundiendo barcos británicos y norteamericanos cargados de ayuda para abastecer al ejército de Netanyahu en su genocidio contra Hamás en territorio gazatí.
Como era de esperarse, en el polo opuesto de la balanza se encuentra Israel, con todo el respaldo de Estados Unidos, de Londres y de la OTAN, cuyos millonarios intereses en esa estratégica región del mundo van desde el dominio de rutas comerciales que enlazan Europa con Asia y África, hasta el saqueo brutal de recursos naturales como el petróleo y el gas, a partir de la promoción de conflictos internos que han creado inestabilidad interna en varias naciones árabes, caldo de cultivo idóneo para entonces intervenir en pos del “apoyo humanitario”.
Y esto no es nada absolutamente nuevo. La supuesta salida de las grandes potencias europeas de la región, dígase Francia y Reino Unido a principios de la pasada centuria, y su “apoyo” a los movimientos nacionalistas que obtuvieron la independencia de varios pueblos musulmanes, no fue más que una “escena teatral” que sentó las pautas para entonces mantener sus intereses pero desde otra perspectiva, ahora desde el manejo de los hilos del gobierno israelí de turno.
Entonces, la espiral vuelve y desgraciadamente volverá una y otra vez al mismo punto de partida: el Medio Oriente es el epicentro de lucha de beneficios superiores, donde sus diferencias étnicas, religiosas, políticas e incluso culturales, continuarán siendo utilizadas y manejadas para la explotación de sus riquezas a conveniencia de las grandes potencias que a su vez dominan el mercado mundial (con todo lo que ello implica).
Cabría ahora preguntarnos hasta qué punto resulta conveniente incluso para esas grandes potencias y para el planeta en general, azuzar un enfrentamiento armado directo que terminaría literalmente en catástrofe.

 


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