Vie, 11 junio 2021

Viaje con la voluntad y encargo de los buenos

Corren tiempos de partos. De partos para escurrirse de las cargas del día pandémico, de los temores por la circulación viral, de las carencias. Difícilmente hay partos sin dolores. Pero se asumen porque tras ellos sobrevienen las iluminaciones. Y con esa utopía se empujan los momentos de pesadilla, mucho más si se trata de una ilusión colectiva.

Entonces no es posible entender cómo puede existir un estado de nulidad asumido en el tránsito como cualquier parturiente, viaje difícil, pero ineludible. Son muchos los que a diario se abren paso entre esas zonas empantanadas para rescatar cada pedazo de supervivencia sin que la fatiga permisible nuble el cerebro y el corazón.

Justo es lo que se dice cuando se llega a ese límite. Bravos, corajudos, aguerridos, valientes, cualquier calificativo viene bien. Para  los de bata blanca, verde u otro color con los días- ¿cuántos fueron o serán?- en que la mañana, tarde o noche se desordenan en una sala pediátrica, intensiva, de cuidados o en la franja escarlata que implica también casualidad.

¿Por dónde hay que seguir desenredando la madeja tejida para hoy? Ayer con el anteayer se trazaron los rumbos desde las faltas y no hay mucho tiempo, todo tiene que estar claro y estas palabras vibran en las cabezas de quienes tienen la responsabilidad de indicar, orientar, persuadir, controlar, pero también de amonestar pues el tiempo ya ha validado algunos discursos.

Asimismo, desde el conuco, en el bajío, una pareja de  hombres desafían el intenso sol dela ya corrida mañana  que entra como punta de cuchillo,  sobre todo al más joven de los dos. El nuevo arado recompuesto por el viejo Máximo, coge más tramo entre el surco y la calle, así se protege mucho más el sembrado que no puede fallar, porque “empeñé mi palabra, esta comida ya es compromiso y los tiempos nos han puesto a parir”, resolución de Miguel Ríos que traslada a su nieto, compañero de labores. Tercia, Coliblanco, Azabache, palabras pronunciadas con tal sonoridad  que captan con facilidad sus bueyes.

Y hay tantos y tantos que desde sus atávicos quehaceres defienden la vida de las pesadillas. En tiempos  como estos, la esencia de los hombres sigue siendo la misma en una situación base en la que vergüenza, sentido del deber y pujanza están en primer orden. No son  aceptables flaquezas, desentendimientos y  actitudes como el avestruz, aunque envuelto en el mito, que esconde la cabeza en la tierra y no  precisamente porque  cave, sino para rehuir de compromisos o no dar la cara.


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