Sáb, 12 junio 2021

La gloria de salvar a una enfermera

La brisa llega siempre a las casas de Caibarién, no importa que esté más cerca o más lejos del mar. Yaquelín Collado sabe mucho de mar, pues nació hace más de cuatro décadas en la llamada Villa Blanca.

Hasta hace solo tres meses era solo una enfermera que cumplía misiones internacionalistas, pero los azares de la vida la convirtieron en una guerrera por la resistencia frente a la COVID-19.

Ella sigue hoy vivita y coleando como definen los pescadores a los peces que se niegan a morir encima de la cubierta del chapín. A cada rato se para en la puerta de su vivienda para ver entrar y salir el sol mañanero, y a veces,se pone a mirar la luna que se filtra por una de las rendijas de su casa humilde.

Le escribí está crónica la mañana que se fue de alta médica del hospital Manuel Fajardo, de Santa Clara, luego de las 59 noches que estuvo guerreando contra la muerte y por la vida:

“Una enfermera no debe enfermarse, pues entonces que van a decir los enfermos”; le hago una trilogía cacofónica a Yaquelín Collado en busca de una sonrisa que debo interpretar debajo del nasobuco de color blanco.

Está acostada sobre una cama de sábanas blancas, auxiliada por equipos de mangueras bicolores, en un cubículo del hospital Comandante Manuel Fajardo, que honra la memoria del médico guerrillero, con más de 170 pacientes, curados de la COVID-19.

Se sabe recordista cubana en la estadía hospitalaria, pues ya arribó a más de 50 días, que le deben haber parecido como las 500 noches de la canción poética de Joaquín Sabina.

Muchas personas, sin militancia en los cultos religiosos, rezaron por su vida, tras su permanencia de 37 días en la sala de terapia intensiva con los diagnósticos de estado crítico y grave.

Los cubanos seguían la noticia diaria sobre el estado de salud de la enfermera de Caibarién, como la bautizó el pueblo, a la vez que se insertaban cintillos en las redes sociales, la prensa plana, y en los espacios radiales y televisivos.

“Hace más de tres décadas que me desempeño como enfermera, y he contribuido a curar a miles de pacientes dentro y fuera del país; muchas personas me conocen, y otras que no me conocen, me han escrito y me dieron ánimo de lucha y de vida”. Dijo esta mujer que se considera una guerrera por la vida como todos los trabajadores de la Salud Pública de Cuba.

Ella regresó de vacaciones el 15 de marzo del 2020 desde la hermana nación de Venezuela donde cumplía misión internacionalista como enfermera, y nueve días después fue diagnosticada como positiva a la COVID-19 e ingresada en la sala de terapia intensiva del hospital Manuel Fajardo de Santa Clara.

“Luché contra esto tan maligno y seguiré luchando para poder estar bien y ayudar a otras personas a recuperarse como una manera agradecida de devolver a otros pacientes lo mismo que hicieron conmigo ” .

Y entonó un poco más la voz:

“¡Aquí está una enfermera que va a seguir adelante, y que se va a incorporar cuando esté bien en el frente que sea necesario!”.

La tarde de mayo en que accedió a conversar con los periodistas, llevaba el pelo suelto y los labios pintados; los ojos le brillaban, y buscaban, a toda costa, subirle el tono a las palabras que a veces emergían débiles, pero optimistas.

“Los trabajadores de este hospital me recibieron en un estado sumamente crítico. Para ellos, que me haya recuperado, debe ser un orgullo muy grande.

“Mi estado de salud varió mucho en mucho tiempo, pero vencí y ellos vencieron también.Cuba ha demostrado que sí salva, que sí puede.”

¿Debe ser difícil estar tendida en una cama y delante de ti una enfermera que es como un espejo o una alucinación de uno mismo?, le debí preguntar, pero no lo hice.

“Puede ser malo y bueno a la vez. Malo pues al principio te deprimes, bueno pues sabes que todo lo que te haga parte de una suma profesionalidad, por algo vengo de ahí”, me pudiera haber dicho, pero no me dijo.

Sería bueno que un matemático con pretensiones de evocar a Pitágoras me defina: ¿Cuánta cuota científica y humana caben dentro de una sala de terapia intensiva?

Y mejor sería aún conocer: ¿Cuántos médicos, enfermeras, pantristas, técnicos y auxiliares de limpieza se detuvieron frente a su cama y le trasmitieron miles de palabras de aliento con el lenguaje del silencio y la humildad?

En ningún país del mundo hay tantas personas preocupadas por el desenvolvimiento hospitalario de una paciente. Claro, tampoco ningún país del mundo tiene 26 brigadas médicas brindando solidaridad ante la COVID-19 en más de 20 países.

Nunca le preguntes a una mujer con más de 30 años en la enfermería cuántos pacientes ha ayudado a curar. Siempre, o casi siempre, te va a responder con una interjección y una frase exclamativa: “¡Uf!”“¡Imagínate!”

“El país me lo ha puesto todo y doy gracias a la Revolución, y el haber nacido en Cuba. No me costó nada el tratamiento, ni tampoco los estudios cuando me formé como enfermera.” dijo.


En la mañana de mayo que recibió el alta médica, menos los pacientes encamados, todo el mundo salió a despedirla. Yo le hubiera puesto el traje blanco y la cofia en la cabeza, pero las normas hospitalarias deciden otras cosas, y en los hospitales son muy estricto con las normas.

Llevaba el pelo suelto y un vestido verde en augurio de la esperanza. Los aplausos nocturnos a los médicos y enfermeras se transformaron en diurnos y redoblados.

En un taxi color amarillo partió hacia Caibarién escoltada por sus hijos. Mucha gente quedó diciendo adiós cuando ya el auto había traspasado la puerta del hospital.

Entonces, mientras regresaba a mi puesto de trabajo, hilvané esta décima, que compuse a guisa de despedida:



El que salve a una enfermera

está salvando a la vida;

y eso te da la medida

que la vida, vida era

como la mejor manera

de ponerle una estampilla

a la vida en la mejilla.

Y junto al amor profundo:

es la pureza del mundo

detrás de una jeringuilla.


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