Embrujo de las alturas

En estos días, cuando el sol traspasa el sombrero, por cualquier parte o trillo bien andados, encuentras a mujeres y hombres coronando metros arriba y abajo con el jabuco repleto de café o machete en mano porque nadie se sustrae de la recolección del grano. Y son rostros en los que se traslucen esas ilusiones de los dueños de la montaña por seguir tocando las nubes con la punta de los dedos.
Aunque los escabrosos y agujereados caminos no acompañan al montañés en sus idas y vueltas a la capital del lomerío -Jibacoa-, no significa que en Bermejo, Pico Blanco, Manantiales y los demás asentamientos bien intrincados no aparezcan arrias de mulo o el tractor Yto con su carreta para proveer a los residentes de los insumos y medicamentos necesarios. Los mensajes siguen llegando por teléfono y en las viviendas, mientras la familia espanta el posible aburrimiento con el televisor o en cofradía comunitaria con la espontaneidad de trovadores o repentistas improvisados

Apasiona y se respira también esa tranquilidad, la bandada de pájaros inundando el espacio, el aroma de los cafetos, la fragancia de las mariposas, el paisaje envolvente y rico que reguarda y atesora la biodiversidad propia de estas montañas.
El palpitar de lo que en el lomerío manicaragüense sucede lo comprende y hace aprehensión de ello todo el que ponga ojo y alma en el lenguaje fresco del arriero, del auténtico montañés y del monte.



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