domingo, 26 septiembre 2021

COVID-19: Números en alza y ¿el relajamiento también?

Los números saltan uno y otro día. Mil, 1100, 1200, hasta llegar a un récord que duele: 1241 personas contagiadas con el Sars-Cov-2 en solo una jornada. Más de un año ha pasado desde que el virus llegó a Cuba y lucen distantes aquellos momentos en que dos centenares de casos dejaban un mal sabor de boca, detenían el transporte y vaciaban las calles a pura consciencia. Ahora, cuando el peligro es mayor y nuevas cepas circulan en la Isla, unos se estremecen con las estadísticas y otros protagonizan escenas increíbles en medio de una pandemia.
La pesquisa diaria en las comunidades constituye una de las principales acciones que desarrolla Cuba frente a la COVID-19.
La pesquisa diaria en las comunidades constituye una de las principales acciones que desarrolla Cuba frente a la COVID-19.

Poco a poco regresan las visitas y las fiestas, cada vez más bajan los nasobucos en plena calle, en las ciudades otra vez los ómnibus se mueven llenos de personas y en las carreteras no pocos puntos de control sanitario parecen carpas decorativas. Para quienes desconocen el peligro, es como si existir sin prestarle importancia a la COVID-19 fuera esa solución sencilla y rápida a la que todos deberíamos adaptarnos para retomar el ritmo normal de vida. Representa la desidia frente a la responsabilidad.

Se llama percepción de riesgo y falla en muchos lugares. Está ausente en las familias que permiten a sus hijos jugar en las calles, incluso en aquellas que alzaron sus voces en redes sociales para pedir la detención del curso escolar. También escasea en quienes violan los protocolos sanitarios y ocultan información a la hora de declarar sus contactos, en esos otros que asisten a los centros laborales con síntomas respiratorios y en los jefes que lo permiten.

No se ve entre quienes obvian que la COVID-19 deja secuelas, y también mata. La olvidan quienes no saben que ahora mismo la medicina cubana lucha por salvarle la vida a tres niños menores de un año, mientras más de 180 en edades pediátricas padecen en este momento una enfermedad que no desaprovecha las brechas en su camino. 

En un lugar, una fiesta en una piscina privada deja un positivo y 66 contactos. En otro, una celebración de 15 años termina en una cuarentena que ya acumula más de 20 días y 38 personas contagiadas. Son actitudes repetidas en varios puntos del país y dicen cuánto queda por hacer para que tras meses de temores y aislamientos, el cansancio y la apatía no ganen el juego.indisciplinas 02

La detención del curso escolar no debe ser una excusa para que los menores estén en las calles. Foto: Abel Padrón Padilla/Cubadebate

Ciertamente ya se conoce más de la enfermedad, los protocolos sanitarios tienen nuevas actualizaciones en pos de la efectividad y cada día luce más cercana la vacunación masiva. Pero ninguno de esos elementos deja razones suficientes para el desinterés y el descuido frente a una epidemia con más de tres millones de muertos en todo el planeta. Que menos del 0.02 por ciento de ellos sean cubanos no significa un golpe de suerte.

Un escenario así es fruto de los esfuerzos de una nación por preservar la vida —también la de aquellos que innecesariamente la ponen en riesgo—. También representa el resultado de seres humanos que ya acumulan varias rotaciones en zona roja y de los desvelos de otros para contar con respiradores artificiales, mascarillas y medicamentos hechos en el país. En medio de tantos actos de heroísmos, cada contagio evitable implica tensar a hombres y mujeres que no son máquinas imparables.

Porque la percepción de riesgo, además de responsabilidad, significa respeto y civismo. Consideración hacia los centenares de médicos y personal de enfermería, pero también hacia los estudiantes y obreros que van a las áreas de riesgo mientras otros juegan con su salud. Implica compartir el sacrificio de científicos por obtener más de un candidato vacunal, y la solidaridad de los voluntarios que han puesto su brazo para probarlos.

Como en muchos asuntos, aquí las soluciones no aparecen de la nada. De los desvelos diarios de un consejo de defensa provincial o de un grupo temporal de trabajo no salen todas las respuestas. Tampoco lo hacen el anuncio constante de medidas que luego algunos sencillamente deciden incumplir. Sin embargo, a veces la confianza y la espera por una consciencia que no llega resultan insuficientes.

Si algo aprendió el mundo en los últimos meses es que vencer al virus parte de una cuota importante de compromiso personal, pero también de mandato y constancia. Es percepción de riesgo tanto para la ciudadanía como para quienes deben organizar la vida en una sociedad que ya no se parece a la de hace solo dos años. Entonces aparece una tríada imprescindible: exigencia, control y seriedad.

En el caso cubano, marcado además por carencias y desabastecimientos, se traduce en concretar de una vez y por todas la participación de las instituciones para reducir las colas y repartir mejor cada producto. Lleva un comercio electrónico que verdaderamente cumpla su papel, y parte de una pesquisa más activa, de un aislamiento consciente.

Ya sea en los barrios al interior de las ciudades, en los centros de trabajo o dentro de las viviendas, la percepción del riesgo que implica convivir con la COVID-19 es esencial para vencerla. Significa administraciones que no rechacen el teletrabajo y el trabajo a distancia, y también de directivos alejados de la burocracia y de la organización de actos y aglomeraciones innecesarias. Y necesita, sobre todas las cosas, de esa voluntad individual para frenar en cada espacio posible a una enfermedad que aun escribe su historia.    


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