Lun, 1 marzo 2021

Edesio Alejandro y el arte de transformar con música

Tuvo taquicardia. Edesio Alejandro sintió que el corazón no le cabía en el pecho. “La llamada telefónica fue muy protocolar. Me hablaron así, con tono serio, me dijeron que estaban reunidos para otorgar el Premio Nacional de Música 2020, y ahí pedí que me dejaran de hablar. Tuve que respirar profundamente y tomar mis pastillas... Estuve muy emocionado”.

Tuvo taquicardia. Edesio Alejandro sintió que el corazón no le cabía en el pecho. “La llamada telefónica fue muy protocolar. Me hablaron así, con tono serio, me dijeron que estaban reunidos para otorgar el Premio Nacional de Música 2020, y ahí pedí que me dejaran de hablar. Tuve que respirar profundamente y tomar mis pastillas… Estuve muy emocionado”.

El motivo de ese estremecimiento en su corazón se debió a la elección por parte del jurado, presidido por la maestra Digna Guerra e integrado por los reconocidos músicos Frank Fernández, Jesús Gómez Cairo, Beatriz Márquez, Alfredo Muñoz, Adalberto Álvarez y Pancho Amat, para otorgarle el Premio Nacional de Música 2020.

“Se lo agradezco a quienes me eligieron para otorgármelo y a las instituciones culturales que me representan, claro; pero sobre todo se lo agradezco a mi familia, que me ha acompañado mucho en mi trabajo y también ha soportado horas de ausencia, debido a mi profesión. Me ha ayudado a levantarme cada vez que me he caído y eso es importante.

“Además, me siento con la responsabilidad de representar a mi generación de músicos y de ser consecuente con los maestros que tuve, incluso con Juan Blanco, que más que música, me enseñó a perderle el miedo a la música.

“Si puedo dedicárselo a alguien, también se lo dedico a mi barrio de San Leopoldo, a los amigos que tuve allí, y a mi pueblo que me bendice en cada esquina. Secretos del silencio, Hoy es siempre todavía, La séptima familia, Por las calles, Blen blen… cualquiera canta una de mis canciones. Existe una generación que creció conmigo y las conoce, y otras generaciones se van sumando y conocen algunas. Con todo mi amor, al pueblo de Cuba le dedico también este galardón”.

—¿Crees que te lo merecías justo ahora?

Foto: Concurso Adolfo Guzmán.

Todo sucede en el momento que debe suceder. Soy el artista más joven que lo ha recibido y estoy muy contento por ello.

Tengo muchos lauros desde que soy joven, pero ese es el que considero más importante, porque es el reconocimiento mayor que mi país concede. Yo tengo una obra vasta, creo… Pienso que muchos músicos pueden merecer ese premio y haberlo recibido yo me complace mucho.

—Estudiante primero, profesor, creador de bandas sonoras para el teatro, el cine, la televisión; líder de una banda, productor musical, arreglista, director de audiovisuales… Inmenso el reconocimiento del público, pero no siempre ha sido fácil, ¿no?

No lo ha sido. Pero cuando se cierra una puerta, no esperes que se abran otras. Ábrela tú. O abre un hueco en la pared y sal por ahí. Eso es lo más importante en la vida. A mí se me han cerrado muchas puertas, no todo ha sido fácil. Pese a eso, amo todo lo que ha pasado en mi vida, incluso los momentos difíciles.

La calle era mi casa durante mi infancia y mi adolescencia, en el barrio de San Leopoldo, donde nací. Ingresar al conservatorio cambió mi vida, ahí aprendí a amar la música. Tuve los mejores profesores que pude haber tenido porque no solo me enseñaron la técnica del instrumento, sino también a escoger la música de la que iba a vivir… Mario Daly, Flores Chaviano, quien me permitió desarrollar mi propia técnica al tocar la guitarra, entre otros.

Quería ser músico de concierto, pero me asignaron impartir clases en Pinar del Río. Allá me fui y a la par tuve un grupo de música contemporánea, Aurora, algo medio loco, con un piano serruchado y con piedras, palos, piedras, martillos amarrados a una cabilla que le incorporé…

Edesio Alejandro comparte escenario con su hijo Christian. Foto: Marianela Dufflar/ Cubadebate.

Cuando terminé el servicio social en Pinar del Río, regresé a La Habana con el deseo de no continuar como profesor, porque no consideraba que tuviera la vocación necesaria. Conseguí trabajo en la compañía Rita Montaner como asesor musical. Estuve 18 años trabajando en el teatro, muy diferente al cine porque es más frío, porque depende del actor, la iluminación… y tienes que hacer que con todos esos factores y la música, la gente se introduzca en el drama.

Quise hacer bandas sonoras para el teatro; trabajé con cuatro grabadoras inmensas, de esas de carrete, de cintas. Empecé como un juego, narrando la historia. Fueron vivencias inolvidables porque el teatro me dio las armas para luego mi trabajo en el cine.

Durante el Período Especial ya no pude seguir trabajando en el teatro. Logré una plaza como músico para dedicarme más a mi grupo, Banda de Máquina, con la que ya trabajaba. Fue una etapa dura: perdí mis instrumentos y mi computadora, no tenía salario, no podía tocar con el grupo, no trabajaba para la televisión en ese momento. La salida que encontré fue viajar a Canadá con un amigo a fregar platos y, con los ahorros de entonces, compré mis instrumentos para volver a trabajar en la música.

A Canadá me llevé un demo grabado que presenté a las disqueras. De una de ellas me llegó una propuesta que cualquier músico, quizás, hubiera aceptado; pero la condición que no pude aceptar fue tener que residir en Estados Unidos. En aquel momento irse de Cuba significaba no regresar, y no la acepté.

Ese productor me dio muchos consejos relacionados con mi imagen, el tipo de música que yo debía hacer. Me dijo: “Hay muchos huecos en el espacio, busca el tuyo y triunfarás”. Le agradezco infinitamente sus palabras.

Regresé a Cuba, pensé dedicarme solamente a componer bandas sonoras y a producir a algún artista y no cantar ni impulsar más la banda. Sin embargo, mi cercanía a mi vecino Adriano Rodríguez me sacó de ese bache. Él cantaba ópera, sones, guarachas, y un día lo escuché cantar rumba. Y con ese género empecé a ver mi vida como si fuera una película… la negritud, lo urbano, lo marginal, el funky, los tambores, la batería, el bajo, el rap, el hip hop… Seis meses después vendí 600 000 copias de mi disco con una nueva imagen, en el que Adriano está como invitado. Tres veces Disco de Platino, en las listas de éxitos de diferentes países. Recuerdo que un amigo me llamó desde los Alpes suizos y escuché a través de su teléfono el tema Blen blen. Te imaginas mi alegría. A partir de ahí todo ha tomado un mejor curso.

—¿Cría fama…?

No, no lo veo así. El cariño del público es importante, pero hay que tenerle respeto a todo lo que se hace. Es una adicción el amor que siento por mi pueblo, y tengo miedo a perderlo. Hay que plantearse las cosas con seriedad. No se trata de tener fama y luego no hacer más. Hay que trabajar siempre. He tenido suerte, aunque algunos me dicen que más que suerte, es que siempre tengo el bate listo para darle a la pelota que venga. Soy un adicto al trabajo, eso sí, y como trabajo en muchas ocasiones con mi familia, entonces no corro el riesgo de perderla por dedicarme demasiado al trabajo.

Soy afortunado por las oportunidades que he tenido, por los reveses que la vida me ha impuesto. Los premios que he recibido, desde que era muy joven, también me han ayudado mucho a crecer. Si por un lado no tuve mucha promoción de mi música al inicio, sí tuve lauros desde 1983, cuando obtuve el primero, en el XII Concurso Internacional de Música Electroacústica en Bourges, Francia.

—En el cine has crecido mucho. ¿Disfrutas el proceso de crear las bandas sonoras para las películas?

“El éxito de Mambo man en el mundo ha roto récords de mi vida”. Foto: Perfil de Facebook de Facebook del artista.

Después de ver el primer corte, a mí me dan libertad, he tenido esa suerte. Me traen el primer corte y luego yo trabajo. Es un proceso largo y complicado, en el sentido de que la veo infinitas veces hasta que la propia película suena.

Yo solo soy una interfaz. Mis ojos ven, mis oídos escuchan, la interpreta mi cerebro y la procesa mi corazón. Luego brota a través de mi cerebro hasta mis manos y, según me sugiera la película, esa es la música que compongo. La película me da las melodías.

A mí me gusta hacer las bandas sonoras de mis películas porque a veces sustituyo los sonidos por música y la música por ruidos. Puedo armarla poco a poco.

Realmente siento que debía ser de otra manera. Después de tener el primer corte, que es cuando uno puede sentir el ritmo de la película y las emociones que te produce, uno compone; pero siento que luego el editor puede ayudar al músico y quizás retocar algunas escenas para que hubiese cortes. No quiere decir que todos los cortes de la película sean con la música. Pero se puede analizar así, yo quiero hacerlo así.

Con Mambo man fue diferente. La música estuvo primero y fue una ventaja en muchos casos. Por eso en el próximo proyecto cinematográfico que dirigiré, El Padre de la Patria, pienso hacerlo de las dos maneras.

—Eres miembro votante de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos…

Es un honor representar a Cuba desde el 2017 en esta Academia, conocida como los Óscar. Puedo votar por la mejor música y la mejor película. He hecho muy buenas relaciones de trabajo. Es un premio estar ahí.

Hace dos años que, además, fui nombrado Embajador del Instituto Latino de la Música en la región del Caribe. Es una institución muy importante que lleva 100 años trabajando con músicos renombrados de la música hispana, que me otorgó el Premio Batuta, un privilegio junto a Plácido Domingo y Leo Brouwer.

Tengo dos doctorados honoris causa, que los recibí en el Bellas Artes de México, junto a Charles Fox, Francisco Céspedes, Frank Fernández, Johnny Ventura, entre otros. Me sentí muy honrado porque es algo que la vida te da sin que tú lo esperes.

—Las creaciones son como los hijos, siempre se dice eso, y por ello no puede haber una preferencia. Sin embargo, algunas han sido más reconocidas que otras o causaron mayor impacto.

Primero, Clandestinos, que me abrió las puertas al cine. Es como la primera novia, que cuando piensas en ella, todavía recuerdas el sabor de sus labios. Recuerdo que el día del estreno, después de la presentación, me fui en mi bicicleta a los demás cines para ver la reacción de la gente.

Hoy es siempre todavía me catapultó como compositor de canciones. La séptima familia, junto a Moncada, permitió que la gente me viera cantando. Suite Habana, también de Fernando Pérez, quien me ha dejado estar en todas sus películas. Secretos del silencio, de la serie Misterios de un tesoro. Creo que son los hijos que mejor se me han portado. El éxito de Mambo man en el mundo ha roto récords de mi vida. No es mi música pero es mi película, así que la tomo como un éxito.

—¿Cuánto consideras que el auge de las nuevas tecnologías haya favorecido o no a la industria de la música?

Puedo hablarte como una persona mayor, pero con perspectivas en el futuro. Lo primero es que Internet cambió el mundo para bien y para mal. La manera de hacer las cosas cambió, rompió patrones existentes, nos impuso reinventarnos.

Si antes era difícil, ahora lo es más, porque ahora todo está en un solo canal. Antes existían muchas casas discográficas y productoras de cine, tomaban un producto y lo vendían. En este momento hay un solo canal, Internet, que es como una transnacional. Quebraron muchas disqueras porque el balance de la música cambió y no supieron adaptarse. Empezó la piratería en mayores dimensiones, se ha perdido el control sobre la obra en cierto modo.

Lo más grave para mí es que percibo una inmensa pérdida de valores, no se reconoce el buen camino para andar.

Los niveles culturales han disminuido, muchos se dicen artistas porque suben un video a Youtube. Usar un celular no te hace cineasta o fotógrafo. Si bien se puede empezar así, el criterio de selección ha perdido rigor.

Por otra parte, tenemos acceso a lugares y personas distantes, eso es maravilloso. Pero indudablemente hay que adaptarse y saber aprovechar para bien las tecnologías, que no por tenerlas únicamente somos artistas. Hay que estudiar mucho, el respeto a nuestros antecesores nos hace un mejor futuro y violentar procesos no es lo mejor.

—¿Satisfecho?

Con todo lo que he hecho en mi vida, al final lo que he querido siempre es cambiar las cosas, no porque crea que las haga mejor sino diferente, y una de ellas fue el cine. La mezcla de orquesta sinfónica, con rock, con la música electrónica… esa rara mezcla tiene mucho del muchachito bandolero de San Leopoldo, que no le tenía miedo a la calle, a la vida, y que sigo siendo.

(Tomado de La Jiribilla)


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