sábado, 25 septiembre 2021

Aniversario 70 de la Televisión Cubana: Tres grandes de la pequeña pantalla

El 24 de octubre, la televisión cubana cumple 70 años. Primera en iniciar sus transmisiones en Latinoamérica, conserva hoy sus objetivos fundacionales. Aquí le compartimos la historia de tres de sus protagonistas: Rolando Pérez Betancourt, Francisco Padrón Nodarse y Luciano Castillo, quienes han hecho de la tv su casa, y a ella han dedicado sus vidas.

Rolando Pérez Betancourt despuntó desde muy joven como un buen cronista y desde unas cuantos lustros atrás escribe Crónica de un espectador en el Periódico Granma sobre cine. Pero si en el papel ha dejado sus huellas, incluso en varios libros, en la televisión también. Con La séptima puerta está casado desde hace casi 17 años.

—Háblame de tu primer vínculo con la televisión

—Fue a inicios de los ochenta con el profesor Mario Rodríguez Alemán. Había sido mi profesor en la Universidad de La Habana en los años sesenta y yo era de los pocos críticos que ‘cortaba el bacalao’ con él. Me llamó una noche para que integrara el panel de Cine Vivo, nada más y nada menos que con un Hitchcock, Psicosis.

“Después fui fichado rápidamente para la televisión. Noche de cine, los lunes, fue mi primer programa y Gigante, mi primera película. Luego me quedé haciendo Cine Vivo tras la muerte de Mario (a mediado de los ochenta) y durante un tiempo, La Tanda del domingo”.

—Ese fue tu vínculo profesional, pero como un televidente “de a pie” cuando fue y qué te gustaba, si te gustaba algo.

—La primera vez que vi un televisor fue en los años cincuenta en una tienda. Yo pegaba los ojos al cristal de la vidriera sin poder explicarme qué era aquello. Recuerdo ese momento con una claridad absoluta. Luego lo haría muchas veces. En esos años cincuenta viví dos en casa de unas tías que tenían televisor y me di banquete con Gaby, Fofó y Miliki y unas brujas que venían con ellos formando parte de un grupo español.

“Recuerdo sus nombres: Escandulfa y Sascandil. Veía la pelota, películas del oeste que ponían a la siete de la noche y después de comida me sentaba con mis tías a ver lo que pusieran: El Cabaret Regalías, Jueves de Partagás, el Teatro y, por supuesto, las bailarinas de la televisión”.

—Y con el cine, ¿cuándo comenzó el romance?

—Muy de niño. Amor a primera vista y para siempre. Todavía me duele ver películas en mi casa. El cine es insustituible. Un delirio colectivo que se sufre cuando se pierde, pero que debe tener condiciones para ser disfrutado a plenitud. Tengo un libro de crónicas donde recojo mis angustias para reunir la peseta que me permitiría acceder al Majestic, allá por los años cincuenta. Una verdadera agonía cundo veía que el reloj se aproximaba a la una de la tarde, hora en que comenzaba la matiné, y no me alcanzaba el dinero. Una vez adentro no quería salir y varias veces mi madre tuvo que ir a buscarme porque si me dejaban, repetía.

—¿Recuerdas tu primer programa La séptima puerta?

—Primero hubo un casting donde me presenté con una película india ¡muy buena! de título ahora no recordable, estuvo entre las primeras en salir al aire, pero la primera no la recuerdo. Ya sabes, mientras más viejo, menos memoria.
Nómbrame algunos de los filmes imprescindibles que has incluido.

“Muchos en 16 años. Lo mejor de Bergman aún sin exhibir en tv, El último tango en París, sin cortes, y así lo mejor del cine asiático actual, italiano, norteamericano… La gran belleza, de Paolo Sorrentino, en verdad un heredero de Fellini. Habría que recordar que el perfil del programa incluye exhibir lo mejor y más variado que se realiza en el mundo”.

—Cada viernes te diriges al televidente así: “Ustedes, seguidores de La séptima puerta…” ¿Tienes idea de qué público te sigue más?

Creo que se ha ido creando un espectador de La séptima puerta, culto y preparado para recibir y analizar lo que se le presente, un espectador al que no hay que repetirle ciertas aclaraciones indispensables en cuanto al cine que verá en el programa. Es como una reverencia a ese espectador y una invitación a que se sumen otros. Pero la frase no la digo todos los viernes, aburriría.

—¿Qué responsabilidades le atribuyes a un alguien que lleva un programa como el tuyo?

—La mayor. Al público hay que respetarlo de principio a fin, y para ello hay que preparase a profundidad. No es cuestión de coser y cantar, decir cuatro boberías, decir que a Robert Redford le gustaba comer cake de niño o algo parecido, no señor, hay que entrarle con la manga al codo a cada película y analizarla desde sus distintas vertientes.

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Frank Padrón junto a Arleen Rodríguez. Foto: Ismael Francisco / Cubadebate.

Francisco Padrón Nodarse: Poeta, narrador, ensayista, comentarista radial, profesor, Frank Padrón fundó y lleva el programa de De nuestra América, que en julio y agosto recesa, pero ha conseguido una audiencia fija entre los amantes del cine latinoamericano. Ese espacio cumplió 2 décadas en 1919.

—¿Por qué, entre todas las artes, el cine como gran pasión?

—No lo es especialmente, solo la punta del iceberg, lo que más se visibiliza por la tv, varios libros sobre el tema y una presencia quizá más acusada en revistas; pero es análoga la pasión que me inspiran el teatro, la música, la danza y en general todas las artes, especialmente la literatura, en esta incluso siendo juez y parte: como analista y escritor de mis propias ficciones.

—¿Cuándo empezó ese interés?

—Un buen día (y ya bastante lejano, en la adolescencia, imagina) me di cuenta de que me gustaba analizar las películas, rumiaba literalmente lo que veía y después pensaba en lo que me agradaba y lo que no de lo visto; ignoraba aun que todo aquello podía organizarse racionalmente en forma de escritura (porque ya hacía poesía) y exponerlo públicamente. Un buen día me encontré en el periódico de mi Pinar del Río natal una crónica de mi primer maestro, José Alberto Lezcano, quien incluso al final de su reseña calificaba la película: buena, excelente, mediocre, mala, obra maestra –que eran muy pocas, las que recibían esta máxima distinción, imaginarás– y ahí nació todo: ¡así que se puede decir todo esto en público, hasta hablar mal de lo que uno ve!

—¿Y cuál la primera película que comentaste?

—Uf, ni idea tampoco, sí se, y siguen de testigos por ahí en alguna gaveta esas libretas de las que te hablaba, ya amarillas, figúrate. Pero la primera crítica que se publicó, muchos años después, creo que fue en El Caimán Barbudo, una sobre Elpidio Valdés, el largometraje de mi cuasi homónimo y admirado (por cierto, no familia, como muchos creen) Juan Padrón.

—¿Cómo y cuando nació De nuestra América?

—Coincidieron una etapa breve (apenas 2 años) como profesor de esa asignatura, que también incluía cine español, en la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de Los Baños (1999-2000) y la solicitud del Departamento cinematográfico de la tv respecto a presentar un proyecto de espacio dedicado a promover y analizar el cine de esta región, hasta entonces casi invisible en nuestros medios.

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cinemateca de cuba luciano castillo

Luciano Castillo. Foto: Cubacine.

Luciano Castillo, motivos tiene para ese sentirse bien tiene Luciano Castillo: acumula una buena cantidad de libros publicados en solitario o en complicidad con otro. Ama tanto la música que no puede escribir sin ella, ni siquiera de madrugada, su mejor horario de emborronar cuartillas. Es director de la Cinemateca de Cuba y lleva es guionista y conductor en De cierta manera.

—¿Cómo llega el cine a ti o tú al cine? ¿Por qué entre tantas manifestaciones artísticas escogiste el cine para estudiarlo?

—La ciudad de Camagüey, desde siempre, ha sido un verdadero paraíso para los cinéfilos, aun cuando hoy, como consecuencia del azote del último ciclón hace varios años, las dos salas principales, Casablanca y Encanto, estén cerrados. Contábamos nada menos con ocho salas de cine muy concurridas, y desde la primera vez, cuando tenía muy pocos años, mi mamá se detuvo frente al cine Casablanca y me dijo: mira, allí dan algo que te va a gustar. Comencé a asistir solocada domingo a las matinés infantiles.

“Resulta curioso que desde ese mismo día bautismal en que vi una versión de Blanca Nieves y los siete enanitos, producida por la República Democrática Alemana en la pantalla grande (hasta entonces solo había visto algo de cine en el televisor de algún vecino, pues en mi casa no hubo hasta que pude comprarlo cuando trabajé), se me ocurrió anotar los títulos de todas las películas que veía. Esta costumbre continúa aún hoy -por supuesto-, con los años le añadí el director” .

—En 2004 estrenaste De cierta manera en Habana Radio. ¿Por qué en ese medio?
— Siempre soñé junto a Arturo Agramonte, con quien colaboré tanto, con la existencia de un programa en la televisión nacional dedicado íntegramente al cine cubano de todos los tiempos. En 1995 el historiador Raúl Rodríguez presentó Ojeada al cine cubano, que enseguida salió del aire. Presenté el proyecto una vez a la dirección del ICRT y no fue aprobado.

“Ocurrió entonces que cada vez que colaboraba con la periodista Magda Resik –alguien a quien admiro mucho por su profesionalismo y carisma– en su excelente programa Espectador crítico, como ella es directora de Habana Radio, me insistía en que le propusiera un espacio sobre cine para esa emisora de la Oficina del Historiador de la Ciudad. Mis argumentos sobre el carácter de la radio no la convencían. Me insistió hasta que le dije que quizás podría adaptar la estructura rechazada en la televisión para un programa radial.

“Así fue emitido el 31 de octubre de 2004 el programa semanal De cierta manera, con aproximadamente una hora de duración, que se transmite desde esa fecha todos los jueves a las ocho de la noche. Es posible que sea el único de su tipo especializado en cine cubano de tanta permanencia en la historia de la radio cubana. Ese mismo programa, pero con imágenes, se transmite por el Canal Educativo”.

—¿Cómo lograste introducir un espacio de variedades con el cine nacional?

—Como nuestra asesora era Isadora del Río, quien desempeñaba también esas funciones en el Canal Educativo, logré a través de ella que se transmitiera De cierta manera solo en la programación de verano de 2005 de ese canal –con la precisa dirección de Humberto Rolens–, con tanto éxito y nivel de calidad que recibió el premio al mejor programa de cine en el II Festival Nacional de Televisión.

“Mis objetivos, tanto con este programa como en Cinema Europa, cuando lo conduje fugazmente con una periodicidad quincenal por el Canal 6 en el período 1997-1998, o en cualquiera de mis intervenciones como invitado en otros espacios televisivos, son los mismos: parto de la convicción del desaparecido crítico y sacerdote colombiano Luis Alberto Álvarez, de que el crítico tiene que ser un espectador intensivo capaz de transmitir a los espectadores y/o lectores la mayor información posible a que ha tenido acceso con el fin de que realice su valoración”.

—No resulta fácil ser conductor y guionista de un programa que tiene un pie forzado, el cine cubano, y que a la vez sea atrayente. ¿Cómo lo logras?

—Mi función dentro del programa es constituir un hilo conductor que solo aparece en contados momentos no para presentar la película –a diferencia del resto de los programas cinematográficos–, sino que esta puede estar relacionada o no con alguno de los temas o informaciones abordadas en la emisión.

“Al final conformamos un segundo segmento integrado por un largometraje de ficción, un documental –a veces un making off o un material sobre el realizador–, un animado, y cuando podemos un Noticiero ICAIC Latinoamericano y un corto de ficción con el fin de evocar aquellas tandas fílmicas en nuestros cines a lo largo de muchos años. Un aspecto que quiero subrayar es que nuestra programación abarca todo el cine cubano, no solo el producido por el ICAIC a partir de 1959”.

—¿Tienes mucha retroalimentación de tu espacio?

—A algunos de nuestros más rigurosos investigadores como Mayuya, Mario Naíto o mi coterráneo Juan Antonio García, he logrado sorprenderlos incluso al presentar en calidad de estreno en De cierta manera títulos nunca antes exhibidos en la televisión cubana, como La novia de Cuba (1965), de Kazuo Kuroki, única coproducción con Japón; el corto Ritmos de Cuba (1942), de Ernesto Caparrós; o la versión en colores hablada en inglés –que subtitulamos especialmente para el programa–de la coproducción mexicano-cubana Yambaó (1956), de Alfredo B. Crevenna; o el documental ¡Silencio… se filma Fresa y chocolate! (1994), de Rebeca Chávez, por citar unos pocos títulos.

—Hoy, cuando se puede hablar del audiovisual como un género que encierra al cine, al video y a la televisión, ¿qué papel le confieres a este último como hacedora y transmisora de cultura?

—No recuerdo ahora quién expresó que en el alfabeto del arte la televisión representaba las vocales, algo en lo cual discrepo, si bien no acostumbro a teorizar. En la mayoría de los casos no la considero un medio artístico, pero estoy consciente de la función que le corresponde para transmitir toda la cultura posible. Considero que ese es su papel principal, aunque algunos cineastas importantes (Bergman, Fellini, Wajda…) demostraron en su momento que filmes concebidos expresamente para la pequeña pantalla podían transitar a la sala oscura con idéntica maestría y trascendencia.


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