Noche de sábado: la cenicienta de la televisión cubana

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personaje de Pável

Con la serie De amores y esperanzas, -por cierto, casi dos años pasaron para una segunda temporada-, la noche del sábado toma otro ligero matiz. Y lo digo sin duda alguna, si un día ha sido poco privilegiado en la televisión cubana ese ha sido la entrega sabatina nocturna.

En la memoria popular queda Sabadazo como un programa que impactó dentro de los últimos vestigios de espacios que atraían el interés popular, salvando siempre las distancias y las diferencias contextuales de aquellos años. Luego han venido, en serie, espacios de similar corte, parecido formato y cuestionable factura.

Día y horario pudieran ser preferidos, día en casa, en familia, en la tranquilidad del hogar luego de la comida y con deseos de entregarse al entretenimiento, pero la fórmula no logra imponerse, más de un televisor se apaga y otros se encienden a un sillón vacío a la espera de la próxima entrega.

No ha habido suerte, parece el día maldito en la parrilla de programación, la etapa estival pasada con Somos Familia dejó mucho que desear, en su intento por parecer diáfano, coloquial y cercano a los hogares cubanos, pecó de insulso y poco convincente. Hasta el momento solo una entrega ha llegado de Al fin, sábado, programa dirigido por Gloria Torres que, sin querer juzgar por adelantado, parece más de lo mismo.

Tampoco existe una identidad programática para ese día, los domingos, por ejemplo, tiempo de programas participativos y seriales cubanos. Los sábados han sido especie de experimento en probeta, lo mismo revistas musicales que noche de concierto, hubo que optar por la novela brasileña para mantener una audiencia menguante.

Pero lo cierto es que la noche de sábado por Cubavisión deja más sinsabores que satisfacción. La falta de creatividad, de guiones más entretenidos, o conductores carismáticos aparece en una y otra propuesta. Las películas del sábado igual carecen de atractivo para la mayoría de los públicos, se quedan en propuestas maniqueas y superficiales, la mayoría estereotipadas, las de acción burda y pensamiento cero. 

Sentarse a ver la televisión significa disfrutar el momento, satisfacer al público y ganar adeptos infiere identificarlos con los espacios. Sugerir, entretener, atraer debiera ser una constante de la televisión cubana en época de paquetes y consumo informal, solo entonces la programación del sábado será reina y no cenicienta.

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